Verónica Valenzuela — Jerez 1974. Cursó estudios de técnico superior de laboratorio, que la han llevado por derroteros distintos a la literatura.
Desde niña, sintió pasión por los libros, gracias a las manos de su padre, que le abrieron aquel mundo maravilloso donde desarrollar su imaginación.
En 2007 escribió su primera novela Un hombre Herido, compaginándola con la búsqueda de documentación sobre Hungría, de la que está enamorada desde los 8 años.
Sus proyectos futuros son acabar los dos tomos de Sangre de Huno, la dramática experiencia de una familia húngara en la guerra mundial y la azarosa vida de un padre divorciado que lucha por la custodia de su hija.
En otoño de 2009, saldrán publicados Un hombre herido e Hijos de Caín con la editorial Corona Borealis.

 

PERDER EL ALMA 

         Los que me conocen, dicen que soy buena persona. Pero llevo mintiéndoles hace más de un año y ya no tengo fuerzas para seguir.

         En este duro viaje, las lágrimas han sido mis solitarias compañeras. Cálidas y silenciosas me arropan en éste mismo momento, mientras contemplo las luces de un Jerez en plenas Navidades. Ellas son mi único abrigo, el solitario portal de una casa en San Miguel mi techo y el gesto de desprecio de los viandantes, mi futuro.

         Sólo anhelo y temo al mismo tiempo una mirada…los ojos negros, profundos e insondables de una persona, la única que me mira con la ilusión prendida en ellos contemplando a su héroe, la razón por la que aún no me he tirado al tren cuando la desesperación me embarga: Anaís mi niña preciosa.

         Por ella lucho hasta que no me quede sangre en las venas, por verla y tener la dicha de abrazarla a diario, cuidarla como siempre hice desde que nació cinco años atrás.

         He sido un padre ejemplar desde que la engendré. No llego a comprender como Ana me la ha arrebatado sin piedad, tras abandonarme por su amante.

         Estoy tan cansado de sufrir, a punto de rendirme, me siento escoria.

         Mi cuerpo no aguantará otra noche bajo el frio, que me cala los huesos y hace que tirite hasta el corazón; Ya no recuerdo la última comida caliente que tomé, ni un blando colchón donde dormir; Ya no me queda dignidad, la vida me la ha arrebatado junto con mi derecho de ser padre.

         Me he convertido en un despojo de hombre, rendido y agotado de arrastrar su maldita existencia como el desgraciado mendigo que soy ahora.

         Sin mi hija, sin la luz de mi vida, sin mi alma…

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