Valeria Sabbag — Nació en Buenos Aires, el 11 de agosto de 1974. Desde muy chica comenzó a escribir narrativa y más tarde experimentó con poesía, géneros que siguió desarrollando. Con el correr del tiempo, los cuentos se transformaron en un pilar importante de su producción literaria, en la que recibió el aporte destacado y decisivo del filósofo y escritor Santiago Kovadloff, durante 4 años en su taller. De esa abundancia y aprendizaje surgió una selección de cuentos y su primer libro “Deliciosos Cigarrillos Mentolados”.
Para describir un rasgo distintivo de la autora, el prestigioso filósofo y testigo de su obra, se dirigió con estas palabras: “Ella procede con acierto expresivo porque sabe elegir, para cada asunto que trata, el ángulo que más le conviene a fin de potenciar su formulación”.
Actualmente Valeria Sabbag ejerce en el ámbito publicitario y ha colaborado con diversas revistas de su país. Tiene tres blogs en su haber: uno destinado a difundir los cuentos del libro (www.mentolados.blogspot.com) y otros dos, en los que despliega la crónica y la prosa breve “animal”, cada vez que el tiempo se lo permite.
Sin descanso, desde hace más de tres años, prepara su primera novela.

 

Deliciosos cigarrillos mentolados 

Deliciosos cigarrillos mentolados

         Ella me mira, y cuando me mira así, yo lo sé. Ella se sube encima de mí, como si se me trepara y yo fuera una escalera. Ella empieza a moverse, sus tetas empiezan a moverse. Se mueven en direcciones opuestas: cuando una está arriba, la otra está abajo; cuando una está abajo, la otra sube. Su vientre se mueve también, toma otro ritmo que no es el de las tetas, es hacia los costados, girando en círculos.

         Sus rulos también se mueven. Suben hasta el techo, luego bajan, y cuando bajan, pareciera que le quedara el pelo triste, a modo de sauce llorón. Sus piernas aprietan mis piernas. Sus uñas se clavan en mi pecho o en mis brazos. Yo la miro. Yo sostengo el sexo y la miro. La miro hasta erosionarla. Yo la miro hasta quemarle la piel. Tengo sexo con ella suspendido. Ella se mueve y empieza a gemir, y podría ser una gorda que gime, pero es ella que gime. Es Ana Paula que gime. Es Ana Paula que suda. Siento que todo está pasando ahora. Es Ana Paula la que vi entrar por la puerta de ese bar con su cara renacentista y su sonrisa espléndida. Ella era una mujer feliz de estar feliz, bailando con carne, moviéndose con carne, sonriendo con comida. Parecía que cuando se le dibujaba una sonrisa, se le dibujaban patas de pollo asadas, corderos de Navidad, postres de mousse. Su blusa también estaba feliz, su pantalón se regocijaba de alegría.

         No sé si más o menos apretado, no sé si más linda o menos linda que las demás. Entró y la vi. Entró y resplandecía. Entró y hablaba toda ella con su voz un poco grave, con sus dientes grandes, sus manos rosadas y su olor. Dulce y suave. Su olor a pelo rubio y baños de mañana. Su olor a siesta de verano. Pensé en una palabra cuando la vi: pasión. Pensé en cantantes latinas. En boleros de Manzanero para bailar apretados. Pensé en calor, pensé en un calor infernal. Pensé que era por la cantidad de gente de aquella disco. Pero no. Y me acerqué. Pensé que tenía que decirle algo. Pero tampoco. Miré un segundo sus ojos pardos. Pensé en Bukowski. Me sonrió. Su arrebato me tomó de la mano. Bailamos. Pensaba en mis otras novias: delgadas, pelos lacios, olores modernos, olor a yogurt light, sonrisas estáticas, manos quebradizas. Mientras bailábamos, sentí cómo se me contagiaba esa alegría, esa cosa latina, esa boca roja. Y me movía, primero despacio, después sin nudos, después como ella. Y nos movíamos sintiendo al cuerpo. Existían mi cadera, mis hombros, mi sudor. Sentí mis músculos moverse. Me sentí gordo. Gordo para bailar, para escuchar la música, gordo para comer la letra de la canción y cantarla con voz gorda. Gordo para sudar, gordo para besar. La besé, no intercambiamos palabras pero la besé. Me acerqué suave a ella y la besé. Pero no sé si quería besarla a ella... yo quería besar su boca, ella era sólo pura boca. Puros ojos cuando me miraba. El resto se perdía como si no tuviera función. Cada cosa era un imán único, un objeto irremplazable. Para besarla sólo hacía falta una cita con su boca, mientras que el resto de su cuerpo podía quedar en casa.

         Nos fuimos a un hotel. Antes de entrar me dijo:

         —Me llamo Ana Paula.

         —Lo sabía —contesté.

         Me miró.

         —No sé —le dije— simplemente lo sabía.

         Pensé en el rojo. Pensé en flores rojas. Me dije “ella es una flor rojo carmín”. Pensé “yo soy un azul oscuro”.

         Hablamos de cosas intrascendentes. Sacamos una teoría de los hoteles alojamiento. Me dijo que le encantaba la lencería. Le dije que le quedaría mejor la lencería roja. Se desató el sostén. Lo miró de cerca. Me dijo:

         —Tenés razón.

         Me quedé mirando sus tetas. No eran senos sino tetas. Tetas grandes, “tetas de amor”, pensé. Imaginé que sus tetas tenían voz, que allí adentro había un mundo, un pueblo, una ciudad, con edificios, con vacas, con autos, con policías parando el tránsito.

         Le dije:

         —Tus tetas son hermosas.

         Se sonrojó. Volvió a la cama. Volvió a gemir. Volví a gritar mi orgasmo. Pensé en un volcán, pensé que yo era el volcán azul oscuro que ahora brotaba y se derramaba. “Soy un volcán”, le dije. Me dijo que era muy lindo. Cuando lo escuché, sentí que pudo verme más allá de todo. Pensé que las palabras abrían mundos diferentes si uno tenía distintos lentes, y que ahora esta frase era mucho más profunda. Pensé en los “te amo”, en los “te quiero”, en los “te extraño”. Y a todos ellos los vi flacos, huesudos, como mis novias modernas.

         Estuvimos tres meses siendo gordos. Tres meses de sexo gordo. De bocas únicas. De flor carmín y volcán azul. Después fue distinto: empecé a escuchar a los otros. Luego mis amigos me preguntaron qué me había pasado. Que yo estaba para más. Luego les dio vergüenza que saliéramos con Ana Paula. Luego salíamos solos. Luego empecé a ver que la gente la miraba. Empecé a verla distinta. Creo que comencé a volverme flaco. Solos los dos entre paredes. Que nadie nos viera. Solos los dos con videos en casa. Cenas en casa. Conversaciones en casa. Mi cansancio para ir a cenar. Luego empecé a ver que la gente me miraba. Luego fue sólo el fin de semana. Ana Paula me preguntaba qué me pasaba. Yo comencé a sentirme un ser horrible. Pensé en Hitler y me asusté. Luego pensé que no era capaz de matar a nadie.

         El día que le dije que ella podría hacer dieta, que no le vendría mal hacer un poco de gimnasia, que si adelgazaba podría ponerse minifaldas, ella tan sólo me miró. Juro que nunca me habían mirado así. Me miró con olor agrio. Me miró con sus tetas caídas. Me miraron sus ciudades y pueblos. Su pelo lloró. El perfume de su piel lloró. Su mano se acercó hacia mi mano llorando. Sentí que no debía, pero sin embargo tenía que pedirle perdón. Pensé en un cura y en un confesionario. Pero me dije que pedirle perdón era peor. Y no dije nada. Y sentí cómo sus ojos se despedían de mí. Intenté con mi cabeza levantarle las tetas y sus rulos rubios. Intenté con palabras inútiles que su blusa otra vez comenzara a reír. Pero ella ya estaba llorando entera. Pensé que había cometido un desastre. Que ella era la que entró con su sonrisa espléndida, y yo llegué a su vida para quitarle la luz. Que yo la quería hacer azul. Azul como yo. La empecé a sentir de lejos. Pensé en esas postales chinas, con arbolitos, pagodas, todo chiquito. La vi en la postal. Pensé que mi corazón no se llevaba bien con mi mano. Yo quería en ese momento tomarla de la mano para decirle que la quería. Pero la mano se quedaba quieta. Pensé en un museo de cera. Me vi de cera en el museo, la gente acercándose hacia mí, tocando mi piel patinosa y dura. Me acordé de las muñecas de mi hermana, a las que sólo se les movían los ojos.

         Ana Paula se prendió un cigarrillo.

         —Pero si vos no fumás —le dije.

         —Ahora sí —me contestó. Largó la primera pitada y habló, y lo hizo con una sonrisa que quiere disimular pena.

         —Está bien —me dijo—. Alto, delgado, musculoso, mirada intensa. Qué tonta... —se culpó mientras se fumaba el cigarrillo sin toser. Pensé en Marlene Dietrich, en Greta Garbo. Pensé en estolas de plumas. Pensé en Moulin Rouge. Pensé en la palabra Rouge.

         —Rouge —le dije—. Tu sobrenombre debería ser Rouge —le repetí entusiasmado siguiendo otra conversación.

         —¿Por qué Rouge? —me preguntó, seducida.

         —Es perfecto para vos. La boca, el cuerpo, toda.

         Se rió. Apagó el cigarrillo. Me preguntó:

         —¿Mentolados no tenés? Me gustaría probarlos.

         Le traje uno de la habitación. Se lo prendió. Me dijo:

         —Mi mamá fumaba mentolados.

         —¿Tu mamá fuma mentolados? —le pregunté mientras le robaba una pitada.

         —Fumaba —recalcó—. Se murió.

         —¿Cómo se llamaba?

         —Beatriz —me dijo riéndose—. En la familia todos tenemos nombres comunes. Te cuento —se adelantó—: nada grave, murió del corazón. Me tuvo de grande.

         —¿Hace mucho?

         —¿Qué cosa?

         —Que murió.

         —Un año. Lloro por eso en realidad. Ella era gorda, también —me dijo, sarcástica.

         —¿Te preparo un café, un té? —ofrecí.

         —No, quisiera tener sexo con vos de vuelta —me dijo.

         —¿Ahora?

         —Ahora... más tarde... —me dijo mientras comenzaba a desvestirse.

         La frené.

         —Soy grande —me dijo—, sé lo que hago. Lo dudó a mitad de blusa:

         —¿No querés?

         —No es eso, quiero seguir escuchándote.

         —La historia es triste —me desanimó.

         —No importa —le dije.

         Pensé en las veces que dije “no importa”. No importa si salimos tarde, no importa si no llego a tal lugar, no importa si la comida de la rotisería está demasiado salada, no importa si no tenés leche para el café, lo tomo negro.

         Me contó todo lo que no me había contado. Me contó lo del hospital. Me contó cuando la llamaron por teléfono. Me contó que por todo eso, su novio la dejó. Me contó que su abuela había muerto, también. Que no puede dormir, porque estar en la misma casa, le da impresión. Me contó que al poco tiempo se compró un gato para darse alegría. Que a pesar de haber estudiado ciencias económicas, a ella le encantaría ser actriz.

         Le conté que mis viejos quisieron separarse pero seguían juntos. Que mi hermano menor murió arriba de una moto. Le conté que tuve un dálmata. Le conté que me encantan los caballos. Le conté que soy malísimo en matemáticas y se río. Y cuando se rió, sentí que algo de ella había vuelto, como una ráfaga. Pensé en ráfaga y pensé en el pampero y en los vientos alisios. Pensé en el cuento de Cortázar, pensé en la profesora de geografía. Pensé. La miré. Me acerqué y la besé. Se dejó besar. Pero esta vez no nos besamos latino: la besé suave, y esta vez no fue sólo boca, fue sentirse etéreo, transportado, generoso.

         Era seguro que nada tenía en las manos. Seguro que esto tenía también gusto a fin. Pensé en las letras de las películas cuando terminan. “¿Fin es malo?”, pensé.

         Cuando se despertó del beso, me dijo:

         —Quizás no sea ahora.

         —Quizás no —le dije.

         —Seguí besando así —gritó, mientras bajaba en el ascensor.

         No volví a verla. No me la crucé. No la leí en el diario. No volví a verla en la disco. Pensé en esas películas con final abierto, que al día de hoy todavía sigo pensando.

         Algunos días me acuerdo de ella. Pero no me acuerdo de sus tetas y ella, de sus caderas Lollobrigida y ella, de su blusa. Me acuerdo de esa última vez que la vi. Como si los recuerdos eligieran cómo quedarse y compitieran entre ellos y uno sólo ganara la batalla. Pensé en batalla, en los lobos cuando se pelean por el territorio y sólo uno logra ser el líder, mientras el vencido decide irse a vivir solitario en la montaña.

         Pienso en mi novia de ahora —delgada, tranquila, pelo lacio— mientras me fumo un mentolado, derritiéndolo con la boca sin dejar una gota de humo en el aire. Pienso que hay maneras de estar, de acercar, como sogas, quizás inútiles o invisibles, que unen. Deliciosos, cigarrillos, mentolados.

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