Pelayo Martín — Nacido en Madrid el día dos de Diciembre de mil novecientos sesenta y dos, cursé estudios en el Colegio San Ignacio de Antioquia hasta el nivel de Bachillerato superior. Aún hoy resido en la misma ciudad, casado y con un hijo digno de verse. Recientemente me ha sido publicada una novela titulada Helder por la editorial Corona Borealis, pero no es suficiente, continuo tras el rastro de una nueva víctima.

PERRO CANALLA 

         —Perro canalla, ese soy yo, todos me llamáis así ¿no es cierto par de listos... o me equivoco? —dijo Alfredo paseando el cañón de su pistola por la frente de Laura.

         —Pues bien, vais a comprobar todo lo perro y canalla que se puede llegar a ser. Y no me vuelvas a amenazar con contarle todo a quien tu y yo sabemos, conseguirías asustarme de verdad y mi dedo podría ponerse a temblar en el gatillo de esta pistola, eso si que sería algo realmente peligroso para tu linda sesera... en cuanto a la de tu novio, digamos que es un caso perdido. Que le pegue un tiro en la cabeza es solo una cuestión de tiempo, este no vuelve a respirar fuera de esta habitación.

         En la cara de Alfredo Brañas apareció una nueva y desagradable expresión, un último modelo de ojos inyectados en odio perfectamente conjuntados con la sonrisa más agria que Laura vería jamás.

         Ella siempre supo que aquello terminaría por suceder tarde o temprano, estaba segura de que todo acabaría de mala manera, lo sabía aunque Miguel insistía en convencerla de que eran demasiado listos como para que una bestia como Alfredo pudiera llegar a atraparles. Para ello empleaba todo su encanto hacía tan solo unos pocos minutos, en el preciso instante en que el “perro canalla” surgía de la oscuridad y se lanzaba sobre la espalda de Miguel. Con su nombre en los labios se desplomó sobre el polvoriento suelo, aturdido por el tremendo golpe, sumido en una especie de semiinconsciencia de la que ahora parecía comenzar a despertar.

         —Ya veo que el marica de tu noviete vuelve al reino de los vivos. Mejor así, no me gustaría despacharle sin despedirme de él, tengo que verle la cara de pasmado que pondrá cuando sepa que este juego lo gana el “perro canalla” El que teníais por un pobre imbecil se lleva el partido y la chica...

         —Si le pones una mano encima te mato —gruñó Miguel al abrir los ojos.

         —¡Matar tu! —rió Alfredo echando la cabeza hacia atrás.

         —Soy yo el que tiene la pistola Miguel, soy yo el de las manos libres y tú el que las tiene atadas a la espalda. ¿Cómo me vas a matar? ¿De un certero salivajo?

         Miguel respondió escupiéndole a la cara. Alfredo contuvo su ira, y mordiéndose con fuerza los labios se limitó a restregarse el rostro con la palma de la mano.

         —Nada de lo que hagas o digas puede hacerme daño ya, a partir de ahora solo yo tengo la llave del dolor.

         Alfredo asestó un fuerte puntapié justo en la boca del estómago de Miguel y este emitió un sordo gemido que apenas consiguió apagar el crujir de unos pasos sobre los escombros que alfombraban los alrededores de la casa. Alfredo perdió de repente parte de su seguridad, con gesto nervioso, se alzó para mirar a un lado y a otro a través de los cristales rotos de la ventana. Laura habría jurado que por un instante, un reflejo de miedo brilló en los ojos de “perro canalla”.

         —Ya vienen Alfredo. Vienen por nosotros, por todos nosotros. No hay escapatoria... es demasiado tarde y tú lo sabes.

         Alfredo miró sorprendido a Laura, con la expresión crispada del que recuerda la existencia de un secreto, de un terrible secreto olvidado que bien pudiera suponer el fin de aquél mundo. Contuvo la respiración durante toda la eternidad que cabe en un par de segundos y de pronto, como que riendo recuperar el tiempo perdido todo se puso en marcha de nuevo. La rabia ocupó con ansia el lugar de la sorpresa en el corazón de “perro canalla”, y sus manos cristalizaron en puños que comenzaron a golpear la frente ya empapada en sudor.

         —¡Es por vuestra culpa! ¡Malditos seáis los dos! ¡Nada de esto habría sucedido si hubierais cerrado la boca! Ahora pagareis por ello... ya lo creo que pagareis.

         Miguel conocía muy bien a Alfredo Brañas alias, “perro canalla”. Se había enfrentado a él en varias ocasiones y tras cada una de ellas, rogó por que aquella fuera la última. Aquél ser rastrero se movía por pura maldad, no era posible que en el interior de su pecho latiera un corazón como en el resto de los mortales, ni que por sus venas corriera algo siquiera más caliente que el hielo. Por eso no le cabía duda de que su final estaba muy cerca, no un final como cualquier otro, sino el más largo y doloroso posible. Pero saberlo no impidió que las entrañas se le encogieran al ver como la culata de la pistola golpeaba la frente de Laura, esta cayó de lado sobre las piernas de Miguel que desesperado intentó con todas sus fuerzas romper las ligaduras que mordían con saña en sus muñecas. Acalló el dolor y no cedió en su esfuerzo, no podía, no debía, Alfredo se arrodillaba junto a Laura, con el cañón de su pistola le apartaba la falda y a medida que lo hacía, una baba espesa y brillante comenzaba a gotear desde la punta de una sonrisa afilada como una cuchilla. Quién sabe si gracias a su filo, una hebra de las que ataban las manos de Miguel se partió, después otra, y muchas más con el siguiente tirón. La última sonó como un pequeño látigo, lo suficientemente fuerte como para hacer que la atención de Alfredo abandonase la piel de Laura y se dispusiera a encañonar a Miguel.

         —¡Tarde miserable! ¡Demasiado tarde y demasiado estúpido! —le gritaba Miguel mientras los dos rodaban por el suelo.

         Alfredo no había reaccionado a tiempo de impedir que su prisionero se abalanzara sobre él, un solo momento de descuido había bastado para que todo diera un giro inesperado. Ahora todo era cuestión de suerte, con la pistola rodeada de manos y en torno a ellas un par de luchadores dispuestos a todo. Laura buscó algo con lo que golpear a “perro canalla”, era el momento oportuno porque este había conseguido ponerse a horcajadas sobre Miguel ofreciendo un blanco inmejorable. Pero en aquella habitación no había nada lo suficientemente contundente como para utilizarlo como arma, desesperada solo encontró una cosa, sus propias manos, y decidió utilizarlas. Apretó los puños con fuerza y avanzó resuelta hacia la espalda de Alfredo. Cuando golpeó lo hizo torpemente, casi al azar, de lado y a la altura de la cabeza. Y esa fue su suerte, las palmas abiertas impactaron a la vez sobre los dos oídos de “perro canalla” y un alarido de dolor llenó la habitación. Miguel aprovechó su oportunidad y colocó a su rival contra el suelo, este estaba a punto de soltar el arma, rugiendo y retorciéndose de puro sufrimiento, su cara se volvió hacia atrás buscando escapatoria. Eso creía Miguel. Y se equivocaba.

         “Perro canalla” había conseguido meterse algo de tierra en la boca sin que nadie se hubiera dado cuenta. Entrecerró los ojos y apretando los dientes dijo algo imposible de comprender. Un instante después sopló sobre el rostro de Miguel y este quedó cegado por completo. Una de las manos de Alfredo quedó libre entonces y comenzó a golpear el costado de Miguel, a arañar su cara, a apretar su cuello... hasta que soltó la pistola para protegerse de tanto castigo.

         —¡Otra vez papá encima de mamá! —exclamó triunfal “perro canalla”.

         Su terrible aspecto ya intimidaba por sí solo tanto como su arma. El pelo grasiento y lacio de antes era ahora una masa parda que cualquiera confundiría con una alimaña muerta. En la boca se dejaban entrever un rosario de dientes sucios y torcidos, rechinando constantemente entre sí al mascar la tierra. De ambas mejillas colgaban sendos restregones de la sangre que manaba de sus orejas. Los ojos enrojecidos, cargados de lágrimas. Y su voz, la voz rota y áspera de un muerto recién salido de la tumba.

         —Buen intento pipiolos. Reconozco que me habéis sorprendido, no creí que tuvierais tantos cojones como para probar suerte, pero como ahora sabéis, jugar con “perro canalla” es lo más parecido a perder. Se hace tarde, es la hora... os toca morir.

         Sin decir más, alzó su brazo armado y apoyó el cañón de su pistola contra la frente de un Miguel que aún no conseguía abrir los ojos, apretó el gatillo y disparó.

         Laura fue la única que pudo verlo, y el suyo el único corazón que se detuvo durante un instante al contemplar lo que llegaba. A espaldas de Alfredo surgía una figura inmensa, tan alta y ancha que parecía querer llenar la habitación con su presencia. La gigantesca aparición les habló con la voz de un trueno.

         —¿Otra vez? ¿Cómo coño tengo que decir que no os quiero ver por aquí? ¡Que las casas abandonadas son mal sitio para andarse jugando!

         Una fornida mujer que doblaba en altura a Alfredo lo agarró por una oreja y le obligó a sostenerse sobre las puntas de sus pies.

         —¿Pero tu te has visto como me vas? Mírate golfo... ¡Más que golfo! Todo lleno de mierda... ¡Y esa camisa! ¿Qué has hecho con la camisa nueva sinvergüenza? Yo te mato, vas a estar sin ver la calle hasta el final del verano... y sin helados... y sin tele...

         Con cada exclamación llegaba un sonoro capón a la coronilla de “perro canalla”, con cada pregunta un nuevo y prolongado tirón de oreja.

         —¡Hay cuando se entere tu padre! ¡Hay cuando te vea esta pinta de golfo que me llevas! Te va a sacudir como a una estera... y te lo tendrás merecido, que me traes todo el santo día por la calle de la amargura. ¡Pero qué digo! Si la culpa la tiene él con tanto remilgo y tanto consentimiento y tanto regalito... que no has parado hasta que te le has trajinado para que te compre la dichosa pistolita de juguete... ahora mismo va a la basura. ¿Habráse visto el mico este? ¡Si mañana cumple los doce y ya da más guerra que el tato! No, si tu vas a aprender mocoso del demonio... como que soy la madre que te parió ¡Tu aprendes!

         Con un brazo en jarras y con el otro todavía ocupado en sostener a Alfredo en el aire, la mujer dedicó una mirada furibunda a Miguel y a Laura antes de salir de la habitación.

         Laura y Miguel quedaron sin palabras, tampoco las buscaron con especial interés, les bastaba con disfrutar escuchando los apagados lloriqueos y las suplicas de Alfredo “perro canalla”. Al día siguiente ya habría tiempo para todo, empezaba a anochecer, y todo el mundo sabe que cuando se tienen solo diez años esas no son horas de andar por la calle.

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