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CARAMELOS
La selva de cactus y árboles achaparrados del Chaco rodeaba a Carlos, un indiecito escuálido y ojeroso de melena revuelta y pies agrietados por el polvo de las lomas infinitas. Ante él, la mísera carretera llena de baches extendía su lengua de arena a través de la jungla abrasada por el sol y adormecida por el silencio de un olvido de siglos, tan sólo roto por el canto de algún pájaro lejano. A Carlos, sin embargo, no parecía afectarle tanta soledad: sentado bajo una techumbre de cañazo, sujetaba con su mano derecha una pobre bandera hecha con un trapo que había sido rojo alguna vez y vigilaba, atento, con la espalda erguida y la mirada brillante, los dos horizontes más importantes que había tenido en su corta vida.
Era el segundo día que estaba al cuidado de la tranca de madera, el peaje como la llamaba Florentino, su tatai adoptivo, y todavía no había pasado ningún coche; algún camión del pueblo sí, pero autos desconocidos que tuvieran que pagar el peaje, ninguno. Florentino le había explicado hacía dos noches lo que tenía que hacer cuando llegara uno al peaje: levantar la bandera y pedir el pago para cruzar la barrera, pues en todo el mundo se pagaba por usar las carreteras. Aquella misión era muy importante, le dijo, y si la hacía bien sería premiado con un trabajo en la gasolinera de Ipitá. Carlos, enhiesto y orgulloso, rezaba para que pasaran muchos coches y le mandaran después a la gasolinera: ya se veía con monedas en los bolsillos y comiendo los muchos caramelos que le darían para quitar el sabor del petróleo, después de haber aspirado de la manguera que llenaba los depósitos de los camiones.
A Carlos no le importaba tener que estar solo en la pequeña quebrada, no era un niño miedoso. Además, cuando viniera Luciano a ayudarle quizá su tatai se olvidara de la promesa que le había hecho aquella noche en el patio del Chino Martín, sin haber bebido nada todavía, pues Luciano era mayor que él y también quería ir a la gasolinera. Así que Carlos esperaba y rezaba, alegre y orgulloso de su bandera, para que pasara algún coche, cuanto más grande mejor.
Las horas transcurrieron sudorosas alrededor del pequeño hasta que lograron que el indito encorvara la espalda y dejara su magnífico banderín en el suelo. Carlos comenzó a restregarse, de vez en cuando, los ojos cansados del reflejo llameante del sol sobre la arena hasta que se echó sobre su manta para descansar un poco, sólo un poco, pensó, mientras se quedaba dormido.
Los caramelos de fresa saben a fresa en los sueños y Carlos no quería salir de entre los bidones viejos y sucios para atender a aquel camión grandote que tocaba el claxon sin parar; ya iría algún otro, se dijo, mientras intentaba contar los dulces que le quedaban y se maravillaba ante la enorme cantidad de ellos, pues no sabía tantos números. El camión pitaba y pitaba y cada vez se acercaba más, rugiendo como un puma hambriento, hasta que las enormes y negras ruedas comenzaron a aplastar los pies del indito y Carlos gritaba y gritaba, pero nadie venía en su ayuda y hasta creyó ver al envidioso de Luciano que miraba con glotonería las golosinas que se le escapaban de las manos.
El indiecito se despertó, angustiado y empapado de sudor, dándose cuenta de que todo no había sido una pesadilla: a escasos metros de la barrera, rebufando como la bestia del sueño, estaba parado un enorme coche rojo y blanco con ruedas brillantes y muchos faros. Se levantó de un salto y cogió su bandera roja. ¡Un auto, al fin! Y de los bonitos, como los que se verían en La Paz, y a lo mejor más lejos, pensó tembloroso por la ansiedad que le creaba su primer encuentro con el futuro tantas veces imaginado.
Irguió la espalda y procuró caminar hacia al coche muy serio, como andaba Florentino cuando lo llamaba el dueño de la gasolinera; enarboló la bandera por encima de la cabecita y se plantó delante de la tranca mientras la bocina del vehículo atronaba de nuevo. El coche se movió lentamente hacia él, pero Carlos siguió quieto, como le habían dicho; o pagaban el peaje o no pasaban, aunque sintió unas ganas muy grandes de salir corriendo cuando el calor del enorme radiador le atufó la cara.
El coche era tan grande que el niño no podía ver el parabrisas desde donde estaba, así que se quedó quieto ante el parachoques que llevaba una extraña placa con una bandera amarilla y roja pegada, hasta que escuchó las puertas abrirse. Había llegado el momento de demostrar que valía para lo que le habían mandado.
—¿Qué pasa, chavalín? —Carlos se movió hacia su derecha para ver quién le hablaba—. ¿Por qué está puesta esta barrera?
El hombre que preguntaba era alto y un poco gordo; vestía de blanco y llevaba unas preciosas gafas de sol, verdes y doradas, como las del señor comandante de Camiri, que no dejaban ver los ojos, y unas botas altas y negras con cordones de color amarillo, enormes; Carlos pensó en que eran los pies más grandes que había visto nunca. El niño se armó de valor.
—Buenos días, maestro. Para pasar por esta carretera hay que pagar el peaje.
El hombre de las gafas de espejo guardó unos instantes de silencio, así que Carlos se quedó callado, también. Sonó una puerta en el lado opuesto del coche y una mujer joven se acercó a la espalda del pequeño. Era muy guapa y muy delgada, de mirada dulce y tranquila, y el cabello dorado y ensortijado sobresalía por debajo del sombrero redondo que llevaba puesto.
Le temblaba un poco la bandera en la mano; la mantenía enarbolada a demasiada altura, así que el pequeño bajó un poco el brazo mientras esperaba la contestación. El hombre se puso en cuclillas, con los antebrazos apoyados en los muslos y las manos pendiendo por delante de las rodillas y después de un instante se echó a reír.
—¿Peaje?…, ja, ja…, ¡peaje!… ¿Oíste, Félix? —volvió ligeramente la cabeza hacia el coche—, ¿y dónde está la carretera, chaval? Aquí no veo ninguna.
¿Cómo que no había ninguna carretera?, rumió Carlos. ¿Y entonces por qué pasaban los camiones todos los días por ella? Se quedó confundido ante la pregunta, sobre eso no le había dicho nada Florentino.
—No te rías del niño, Antonio —dijo la señora joven, con una voz que recordó a Carlos la de la señora que escuchó en la radio, el año pasado—, está haciendo su trabajo, ¿verdad, chiquitín?
Aquel «chiquitín» asustó al indito. Nadie le había dicho nunca una cosa parecida. Pero, por otro lado, la mujer lo miraba con cariño, como lo hacía Rafaela, la mujer de su tatai, algunas veces, y se tranquilizó un poco.
—Esta es una carretera, señor maestro —dijo el niño, pateando un par de veces el reseco polvo—, y lleva a Camiri y a muchos más sitios...
—¡Ja, ja…! —rió de nuevo Antonio mientras se levantaba—, te enseñaron bien la lección, chaval...
Félix, el conductor del todo terreno, se sumó también a las carcajadas de Antonio, al tiempo que sacaba la cabeza por la ventanilla del vehículo, mientras el indito volvía a sumirse en el desconcierto. Aquellos dos hombres tan grandes que se reían de él le imponían ya demasiado, así que miró a derecha e izquierda buscando el sitio más oportuno por donde echar a correr si hiciera falta. Pero, nuevamente, la señora lo tranquilizó:
—No les hagas caso, chiquitín —esta vez el «chiquitín» le sonó mucho más cálido al asustado niño—, que ladran pero no muerden... ¿cómo te llamas?
—Carlos, señora.
—¿Y cuántos años tienes? —la señora se había acercado más al indito y le acarició los cabellos.
—Rafaela dice que once, señora.
—¿Y quién es Rafaela?
—Pues es la mujer de mi padre, señora —Carlos comenzaba a cansarse de hablar tanto y tan seguido, pero la señora le inspiraba confianza y, además, no recordaba que nadie le hubiera acariciado el pelo de aquella manera.
—Y tu padre, ¿dónde está?
—Pues pasará dentro de poco para traerme la cena...
—¿La cena?... ¿Es que duermes aquí? ¿Solo?
El indito no contestó a esta pregunta y se quedó mirando el radiador del maravilloso coche. Ya eran muchas preguntas las de aquella señora tan guapa y se sentía impaciente por su peaje; levantó un poco la bandera y abrió las piernas para reafirmarse delante de la tranca: tenía que cumplir con su deber.
—Bueno, Irene —Antonio se dirigió con voz impaciente a la señora— que no tenemos todo el día y falta todavía bastante hasta Camiri... ¡Félix!, arranca que voy a quitar la barrera...
¿Quitar? ¿Cómo que iba a quitar el peaje? Las tripas del indito se contrajeron en un retortijón. No le iban a pagar y como se enterara su tatai no le volvería a encomendar nada y seguro que, además, le daría unos cuantos golpes. Aquel hombre era malo, pero la señora volvió a salir en defensa del crío:
—Antonio, no asustes otra vez al niño, por favor..., oye, Carlos, ¿tu madre es esa señora que has dicho?
—Rafaela no es mi madre, señora, es la mujer de mi padre, que me recogió de recién nacido y me permite que le llame tatai y me cuida, y a veces me quiere... —el indito soltó tal parrafada seguramente ayudado por los retortijones que le recorrían las tripas; lo contó todo casi sin pensar en lo que decía o en que desvelaba uno de sus secretos, pero los nervios y la mano suave de aquella señora, que parecía tan buena, parecieron dar vida propia a la lengua del niño.
—¡Joder, Irene! —nuevamente el hombre vestido de blanco atronaba con su desagradable voz—, dale más cuerda al tema, que no saldremos de aquí nunca... Pero, ¿te piensas que vamos a pagar peaje por pasar por esta carretera de mierda...?
Félix, el conductor del coche se apeó también e hizo algunos ejercicios para distender los músculos. Era un indio pequeño, de tez cetrina y pelo negro brillante y muy liso cuyo flequillo le llegaba casi hasta las cejas; se veía que aquello no iba con él, incluso miró con simpatía al chiquillo y le guiñó un ojo, cosa que agradeció el chaval.
—Oye, Antonio... ¡no me grites! Ven un momento, por favor...
Se apartaron del coche unos pasos y Carlos vio como hablaban acaloradamente. La señora, de pronto, levantó mucho la voz:
—¡... y estoy ya harta de dar vueltas por este tétrico país! ¿Dónde coño está el niño que nos prometieron...? ¡En Camiri, tampoco nos lo van a dar! ¡Ese cabrón de Palacios nos está...! —el resto de las palabras parecieron derretirse por el calor y caer gota a gota hasta secarse en el polvo de la carretera.
Carlos estaba ahora petrificado. Y se quedó más inmóvil todavía cuando vio que la señora se echaba a llorar y el hombre malo la abrazaba y el sombrero redondo caía sobre el polvo, dejando al descubierto una melena de color oro pálido que maravilló al indiecito.
La señora dorada terminó de llorar y se secó las lágrimas con un pañuelo de papel que sacó de una bolsita de plástico de colores. El hombre malo se apartó un par de pasos de ella y se quedó mirándola con una expresión que el niño no supo comprender. Carlos, por otra parte, ya no comprendía nada en absoluto...
—¿Te gustaría venirte a España con nosotros? —la señora se había acercado de nuevo a Carlos y le había hecho la pregunta después de ponerse en cuclillas delante de él, como había hecho antes Antonio—. Allí los niños tienen de todo... ¿Sabes dónde está España?
—España está... está en la madre patria —respondió, azorado, Carlos que ahora sí que ya quería escapar de aquella gente tan rara, pero le temblaban las piernas y seguro que lo cogerían. Cerró los ojos con fuerza y pensó que todo se había acabado, después de lo que habían hablado y que él no había entendido; a lo mejor la señora también era mala.
—Irene, por favor, por favor, vámonos que ya verás como en Camiri todo se arregla... nos darán el niño y nos vamos para España, pero ya... Irene...
La señora volvió a llorar y abrazó a Carlos y le besó y el niño sintió como las lágrimas de ella le humedecían las mejillas. ¿Qué le pasaba a la señora? ¿Por qué le besaba? ¿Eran así todas las señoras de la madre patria? A través de los bucles dorados el niño vio como Félix subía al coche. Los sollozos de Irene se fueron calmando y la señora se levantó al tiempo que el motor del coche rugía de nuevo, volvió a acariciar los cabellos del niño y metió la mano en el bolsillo de su pantalón vaquero para sacar algo que luego puso en una de las manitas de Carlos, apretándola después para que la cerrara.
Antonio, el hombre malvado, se dirigió a la tranca y la quitó dejándola caer a un lado. Luego, ambos se montaron en el coche que arrancó mientras el niño sentía el cosquilleo de un papel en la palma de la mano. El coche se alejó entre una nube pastosa de polvo y Carlos se olvidó del madero y de la orgullosa bandera que arrojó a un lado del camino. Abrió la mano y vio, con el corazón palpitante, a punto de salírsele del pecho, un billete verde, un billete de los gringos. Al indito se le nublaron los ojos ante lo que veía: Carlos no sabía leer pero aquello era un tesoro, los señores no eran malos, él se había confundido y ahora tenía un gran billete que le abría paso hacia la gasolinera, hacia los caramelos de fresa, hacia todo lo que había soñado. Le entró una suave tiritera y bendijo a la señora del pelo de oro y hasta pensó que el hombre de blanco no era tan malo.
El sol inmisericorde comenzaría a declinar dentro de poco y entonces aparecería su tatai o Rafaela y le felicitarían y le mirarían con respeto pues él era el mejor vigilante de peajes de toda la carretera. Dobló el precioso billete verde con mucho cuidado y después lo guardó en la bolsa que llevaba colgada al cuello, luego se sentó sobre la manta y le pidió al sol que corriera mucho, mucho.
¿Y por qué le había dicho lo de España, la señora de la madre patria? España tenía que estar muy lejos, pensó Carlos, pero el niño olvidó rápidamente la cuestión, ahora tendría caramelos y un trabajo en la gasolinera y su tatai le miraría como si fuera Jesús, el que trabajaba muy lejos de Villamontes y cuando venía a verlos traía muchas cosas desde la ciudad grande.
Por fin, el sol se fue acercando hacia la línea del horizonte y el indito divisó una lejana figura en la carretera. Le tembló el cuerpo otra vez, pero ahora de alegría y felicidad. ¡Qué gran suerte había tenido!, pensó Carlos; la bolsa con el tesoro le acariciaba la piel del pecho y alegraba su corazón de niño al tiempo que la selva olvidada y reseca se desperezaba presintiendo el frescor de la noche que, dentro de muy poco, apagaría la lengua de fuego por donde había desaparecido el coche de la señora de los cabellos de oro, camino de tierras lejanas.
El polvo que levantaban las pisadas flotaba cada vez más cerca y el niño se levantó, puso la tranca en su sitio y cogió la orgullosa bandera del peaje. Su tatai se acercaba… |