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Un sol más fuerte que nunca
La noche era el momento ideal para trabajar. Pompeyo tomaba su balde con agua y detergente, sus trapos y salía de la oscura casilla. Siempre hacía el mismo camino. Seis cuadras de su barrio que pie a pie recorría. El almacén de don Pancho. El kiosco en donde se paraba para ver los paquetes de figuritas colgados. La placita. Cruzaba la gran avenida y allí, al lado del semáforo, esperaba sentado en el cordón de la vereda que el rojo detuviera a los autos.
—¿Le limpio el vidrio?
El señor sin hablar siquiera le hacía señas con el dedo, agitándolo de un lado al otro. El sabía qué significaba ese gesto. Era un "no" grandote. Odiaba ese movimiento. Pero con una sonrisa decía:
—Dele Don, ayúdeme. Necesito plata par darle de comer a mis hermani... —nunca terminaba la frase. La luz verde se asomaba y lo único que oía como respuesta era rrrrrrrrrrrrr, y el auto alejándose por la calle.
Se ubicaba a un costado, apoyaba el codo en el árbol más cercano y miraba rueda a rueda pasar los segundos eternos de un nuevo cambio de luz.
Nuevamente la pregunta:
—¿Le limpio los vidrios?, dele don que —y rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr, ese ruido aturdidor de oídos sordos volvía a su vida.
Él sabía que la plata que ganaba era para la comida aunque, en cada vuelta a su casilla, las monedas girando en su bolsillo parecían decirle: "comprá las figuritas". Pero no se podía. Su papá no trabajaba. Su mamá tenía que cuidar a todos sus hermanos. Él era el mayor.
Era cierto lo que decían algunas personas: "¿Por qué no va a trabajar tu papá?". A él le hubiera gustado que fuera así. Pero vaya a saber porqué no era así.
—Es la vida que nos tocó —opinaba su mamá—, hay poco trabajo.
¿Es la vida que me tocó?, pensaba él.
Así cada noche era un día, cada día un esperar la noche. Sus ojos adormecidos, las piernas doloridas (no es fácil pasarle un trapo a un vidrio cuando sos petiso), los brazos cansados y los pensamientos quietos.
Una día en la misma esquina se instaló Martín, pícaro malabarista de botellas llevar. Pompeyo sintió que algo iba a suceder. Estaba feliz. El "nuevo" era como una llamarada de fuego al aire en cada revoleo, su risotada sonaba como eco. Martín sabía burlarse de las cosas feas y convertirlas en pavadas. Tanta buena energía hizo que esa esquina fuera la mejor del barrio. Todos los pibes querían limpiar vidrios, vender algo o hacer piruetas ahí. Pero ellos le contestaban: "Esquina ocupada con anterioridad" y se mataban de risa. Pues los otros los veían tan seguros de su decir que los respetaban sin más ni más. Era "su esquina". Por fin era dueño de algo.
La noche del lunes era la peor de la semana, la gente se mostraba más enojada o concentrada. Amaneciendo el día martes, aburrido de tanto esperar una moneda, Martín con un alambre hizo un redondel y se lo regaló al pequeño limpiavidrios. Pompeyo lo hundió en el balde y su mano comenzó a bailar. Para un lado, para el otro, para un lado, para el otro; y así lentamente fue convirtiendo el agua amarilla en un mar de espuma. Después levantó cuidadosamente el alambre y vio que dentro del círculo había una telita translúcida de detergente. Sopló y el aire tibio fue atrapado por ella, lo encerró en su redondel, y salió con forma de globo. Así fue cargando el alambre, soplando y convirtiendo la gran avenida en un sin fin de burbujas cristalinas. Mirando el recorrido que hacían, se dio cuenta que algunas se destruían rápidamente y otras seguían un largo camino.
—Cómo me gustaría que ésas que duran se convirtieran en panaderos —deseó Pompeyo. Y en ese instante todo se ennegreció y un relámpago sinuoso atravesó cielo y tierra. Luego de cinco segundos un sol más fuerte que nunca volvió a brillar y la avenida se llenó de panaderos tal cual lo había pedido el pequeño. Martín quedó mudo mirando lo ocurrido. Pompeyo siguió:
—Y ésta que ahora soplo quiero que sea un helado —dicho y hecho fue un helado.
El malabarista apoyó sus clavas en la vereda y se sentó al lado del balde.
—Ahora pedí una camiseta de Boca.
El pequeño limpiavidrios soplando la varilla de alambre dijo:
—Y ésta en una camiseta de Boca —dicho y hecho fue una camiseta de Boca.
—¡¡¡¡Uyyyyyyyyyyyyyyyyy!!!! ¡Jajajajajajajá, dale pidamos más!
—Un sándwich de salame y queso —y dicho y hecho fue un sándwich de salame y queso.
—Un auto a control remoto.
—Los paquetes de figuritas que están colgados en el quiosco.
Los dos amigos se reían, abrazaban, hacían rondas y pedían, pedían y las burbujas se convertían y convertían.
—No se lo contemos a nadie, mañana seguimos.
—Es nuestro gran secreto.
Cada uno tomó sus nuevas adquisiciones y marcharon para sus casas.
Al otro día se sentaron a convertir las redonditas cristalinas en objetos deseados. Pompeyo soplaba y soplaba y nada de nada.
—Pongámosle más detergente.
Y Pompeyo soplaba y soplaba y nada...
—Esperemos a que sea la misma hora que ayer.
Y Pompeyo soplaba y soplaba y nada de nada.
—Ya sé, primero pedí panaderos, sí. Debe ser eso. Primero iban los panaderos.
Y Pompeyo soplaba y decía, pero "ni dicho ni hecho", nada de nada.
—No puede ser, algo estamos haciendo mal. A ver. Pensemos. Qué fue lo primero que hiciste ayer.
—Me aburrí, pero ahora ya no puedo aburrirme.
—Por favor amigo, aburrite.
—No puedo, nunca tuve un auto a control remoto, ni figuritas en el bolsillo. ¡No puedo aburrirme!
—Imaginate que estás aburrido.
—No puedo.
—Regalemos las cosas. Sí debe ser eso.
—¡¡Ni loco!! Quiero mis cosas.
—Pero, si las regalamos a lo mejor nos da más. Por favor, podríamos pedir mucha comida para llevarle a tu mamá.
—Tenés razón. Pero me cuesta creer que yo tenga tanta suerte.
—Pompeyo, no dudes. Si vos crees lo vas a lograr. Hagamos la prueba, dale, regalemos todo a ver qué pasa.
Y así lo hicieron. Regalaron una a una las cosas mágicamente aparecidas.
—Listo, ahora sí. A pedir.
Pompeyo tomó el burbujero y con los labios sopló diciendo:
—Quiero un globo naranja. Y dicho y hecho apareció.
—Sí amigo, eso era. Tenemos que dar lo que nos dan.
—¿Y para qué me sirve, si todo lo que obtengo lo tengo que regalar?
—Tenés razón, es difícil. Aunque mi abuela decía que siempre gana el que da. ¿Por qué será? A ver. Ahora pedí un barrilete.
—Quiero un barrilete —y dicho y hecho fue un barrilete.
—Ahora unas zapatillas.
—Y unas medias que no estén rotas en el talón.
—Jajajá, nos da resultado.
—Que ésta sea una cámara de fotos —y dicho y hecho fue una cámara de fotos.
—¿Para qué querés una cámara?
—Para verme en una foto. No tengo ninguna mía.
—Ah, y también un colchón —y dicho y hecho fue un colchón.
—Sí, pedí otro para mí.
Al soplar el sexto pedido no pasó nada. Ni una almohadita apareció.
—¡No lo puedo creer Pompeyo, otra vez lo mismo! Perdimos la oportunidad. Y no pedimos...
—¡Tengo una idea: demos estas cosas y veamos!
Así lo hicieron. Descubrieron qué, si querían otros, tenían seis deseos por día que obsequiar.
Durante diez noches repitieron la escena. Pedían y regalaban. Hasta que un domingo Pompeyo pidió:
—Quiero un colectivo.
Y en el medio de la avenida apareció un colectivo violeta.
—Que se llene de comida —y dicho y hecho.
—Con muchos juguetes en sus asientos —y así fue.
—Con ropa de todos los tamaños.
Y en ese instante todo se ennegreció y un relámpago sinuoso atravesó cielo y tierra. Luego de cinco segundos un sol más fuerte que nunca volvió a brillar.
—Pará amigo. Que está pasando lo mismo que la primera ves que pediste. A ver si no podemos pedir más. Nos quedan dos deseos. Pensalo bien —exclamó Martín—. Mejor subamos al colectivo y dejémoslo para mañana.
—Tenés razón —y dicho y hecho. Así lo hicieron.
Nadie sabe que pasó al otro día. Algunos dicen que el colectivo violeta recorre cada provincia de la Argentina dando a los más necesitados lo que precisan. Otros opinan que le regalaron el colectivo al padre de Pompeyo para que pudiera trabajar. Y no hay quién falta que dice que dieron el colectivo con el balde adentro y ahora no tienen cómo volverse. Y vos, ¿qué opinás? |