|
Déjame pensar…
Con las manos aguantando el peso de mi cabeza y los codos clavados en mis muslos, permanezco sentado en el sillón orejero de roja tela mientras el fuego destruye todo lo que nos rodea. Grandes llamaradas trepan por las cortinas y escalan las estanterías repletas de viejos libros que alguna vez intenté leer. Ahora, me es imposible salvarlos. Soy incapaz de moverme por ellos. No importa el humo denso que permanece estático sobre nuestras cabezas. Tampoco me preocupa el calor que devora el salón y el resto de la casa con lengüetazos de fuego incontrolado. Es mejor así, ¿no crees? No dices nada. Permaneces sentada en un sillón idéntico al mío, con los ojos cerrados, pensando o durmiendo, no me importa. Déjame pensar… Éste es el final o el principio de algo, pues todo lo que alguna vez fui, fuimos, se quema sin que nadie ponga remedio. Es un gran fuego de chimenea que ameniza la velada en la que por fin vamos a separarnos. Alguien entra por la puerta. Oigo sus pasos a mi espalda. Me incorporo lo suficiente como para ver quién es. Comienzan los músculos y huesos a dolerme. Es un joven el que aparece por la puerta, observando todo con una tranquilidad pasmosa, más propia de mí que de alguien que se encuentra un desastre por casualidad. Me ve y no hace otra cosa que sonreír y saludar con la mano, clavando, a continuación sus diminutos ojos en la estantería y el fuego que la consume. ¡Cuánta erudición destruida! Y todo esto, ¿a qué es debido? Es gracioso, no recuerdo cómo se ha originado el fuego y si hemos tenido algo que ver tú y yo. Probablemente, aunque mi cerebro está en un completo vacío. Es posible que hayamos llevado por fin a cabo el sueño repetitivo de terminar con nuestras vidas, de suicidarnos, aunque esta no es la idea que tenía en mente. No… Algo tan poético y al mismo tiempo tan doloroso no se me habría ocurrido. Algo rápido y seguro, siempre he pensado, como beber lejía o la tan manida cuerda en el cuello. Es por eso que pienso que todo ha sido idea tuya o un mero accidente. Da igual. Me levanto y me acerco hasta la botella de licor que descansa encima de la mesa, tan caliente que no sé si el líquido bullirá de un momento a otro. ¿Quieres? Pero no haces movimiento alguno, ni para aceptar o rechazar mi ofrecimiento. Entonces, me vuelvo para ver al joven elegantemente vestido que observa con detenimiento un cuadro que poco a poco se va quemando. “¿Le apetece una copa?”, le pregunto levantando levemente la botella. El joven vuelve a mirarme con sus pequeños ojos de topo mientras esboza una nueva sonrisa. “Tal vez deberíamos irnos”, comenta sin estar del todo convencido. “Nosotros nos quedamos. Usted es libre de irse cuando quiera”, digo sentándome de nuevo en el sillón y oyendo el crujir de mis huesos. ¿O han sido las paredes? Los huesos, sin duda. Ya estoy acabado. Siempre lo he estado. Abro la botella y me la llevo a la boca, dejando que el líquido me haga arder por dentro tanto como por fuera. Buen licor, si señor. “No me vendrá mal una copa, ahora que lo pienso” dice el joven a mi espalda, acercando sus pasos hasta donde estoy sentado. Le ofrezco la botella. “Lo siento, no encuentro los vasos. Seguramente ya ni existan.” “No se preocupe, me es igual”, y da un trago largo del líquido anaranjado que pasa con facilidad por su garganta. “Siéntese, siéntese.” El joven mira a su alrededor sin encontrar sitio alguno donde poder descansar sus posaderas. “Aquí mismo, en el suelo. Siéntese a mi vera y compartamos esta botella hasta el final.” “¿Y ella?” “Ella no bebe. Además, debe estar pensando y en esos casos es mejor no molestarla.” “Es una mujer muy atractiva.” “Lo fue”, puntualizo. “Fue la mujer más hermosa que mis ojos hayan visto nunca. Sentía que el mundo entero me envidiaba las pocas veces que nos veían juntos pasear.” El joven no despega la mirada de mi mujer, pese al espectáculo de fuego que hay a nuestro alrededor. Las cenizas se elevan en el aire y ciertas cosas comienzan a caer al suelo en pequeños estruendos que apenas nos
asustan. “¿Salían poco de casa?” Le doy otro trago al licor. “Digamos que no necesitábamos nada del exterior. Teníamos todo lo que queríamos aquí dentro.” El joven se incorpora levemente y se acerca, arrastrando las rodillas, hasta donde se sienta mi mujer. Apoya las manos en sus rodillas, tapadas por la bata que lleva puesta, y se echa para atrás como si hubiese tocado el más frío de los vacíos. “No se asuste. Tuve que cortarle las piernas cuando la enfermedad se hizo más patente.” “¿Enfermedad?” “Una extraña dolencia que empezó a padecer al poco tiempo de nuestro primer aniversario de bodas.” Le doy un trago a la botella y se la paso al joven, cuyo pulso tiembla levemente. “¿No consultó a ningún médico? ¿Tuvo usted que amputarle las piernas?” “Pensé que ningún médico la trataría mejor que yo. No creo en esos matasanos, en esos curanderos, que lo único que hacen es recetar mierdas sin saber muy bien para qué. La he cuidado mejor que nadie hasta el día de hoy. He sido su médico, su enfermero, su amante, su amigo,… No fue fácil cortarle algo la primera vez.” “¿Cómo? ¿Ha tenido que amputarle más?”, dice el joven horrorizado. “Verá, la enfermedad no se quedó ahí, siguió avanzando. Atacó primero a sus extremidades, piernas y brazos… Creí que cortándoselas todo se arreglaría, pero no fue así. La enfermedad se la comía por dentro y yo no estaba dispuesto a perderla.” “¿Y ella?” “¿A qué se refiere?” “¿Qué pensaba de todo esto, de ir cortándola poco a poco?” “Lo dice usted de una forma… Al principio no estaba del todo convencida… Discutimos mucho… Incluso quería que fuésemos a ver a un doctor amigo suyo. Pero la hice entrar en razón. Era lo más sensato. Además, una vez cortadas las piernas, dependía de mí para cualquier cosa.” “¡Es horrible!” “No comprendo.” ¡Ha matado a su mujer de la forma más vil y despiadada posible, y aún así no siente el más mínimo remordimiento!” Me río sin poder evitarlo. “¡Mi mujer no está muerta! Sólo está pensando. Mírela… Mírela bien… ¿Cree que alguien que estuviese muerto tendría ese aspecto? Conseguimos frenar la enfermedad. No fue fácil… Es más, fue muy duro, tanto para ella como para mí. Pero conseguimos vencerla. ¡Vaya si lo conseguimos! Brindo por ello.” Y le quito la botella de la mano sin que el joven oponga resistencia alguna. Un trago más. El joven se levanta del suelo sin desviar la mirada de mi mujer. Sé que le gusta, que se siente atraído por ella. No me importa, es normal. Siempre fuiste una mujer extraordinaria. “He de irme. Me esperan.” Asiento con la cabeza sin poder evitar sonreír. “Ha sido un placer”, digo. El joven se va sin despedirse, sin decir palabra alguna, y nos vuelve a dejar solos, tu y yo, a merced del fuego. Poco queda ya de la botella y mucho menos de la casa. Las llamas nos rodean completamente. Tú sigues pensando o durmiendo o sencillamente descansando. Los dos hemos decidido quedarnos y despedirnos el uno del otro como siempre habíamos pensado, al mismo tiempo, sin que la enfermedad nos venciera. Mucho tiempo hemos pasado juntos. Mucho hemos sufrido. Piensa, mi amor, piensa, y déjame a mí pensar. |