Oscar Pareja — Tengo 34 años, nací en Sabadell pero en la actualidad resido en Cerdanyola del Vallés. Soy educador social y la afición por los libros, cuentos y la escritura nació muy temprana, casi a los cinco años. Mis padres me recuerdan siempre con un libro o imaginando historias para los "palymóviles" en mi cuarto o en el terrado de casa. A los 18 años, los argumentos para el juego se empezaron a plasmar en historias escritas que servían para entender el mundo que me rodeaba hasta la actualidad. Estudié historia en su día aunque la deje y en la actualidad trabajo con niños de acogida en un centro residencial.

 

Todos hablan, menos el muerto 

         —¿Qué ha pasado aquí? —grita la ventana al abrirse, tras el golpe de aire.

         —Eso mismo me pregunto yo. Ya podrías pedir disculpas, después del avasallamiento. Además, algo me ha manchado la falda —contesta la cortina.

         —Eso que tienes en la falda, parece sangre, ¿no? —insiste el cuadro—. Pintura no es, mira que yo entiendo de esto. Aseguraría que es sangre.

         —Ya, pero nadie ha visto nada. Quiero decir, a mi me tumbaron de un manotazo o algo parecido y me arrojaron al suelo. Luego ya no recuerdo nada, hasta ahora —dice la lámpara desde el suelo.

         —Hay está el cuchillo, deberíamos preguntarle a él –dice el sofá.

         —Es muy arisco, no querrá hablar con nosotros. Además con su humor tan punzante y cortante, seguro que nos suelta alguna, que nos quita las ganas de continuar sabiendo —dice la mesita.

         —Dejadme que lo intente, yo. No será tan fiero el león,… —insiste la lámpara desde el suelo. —Oye, tú, cuchillo, ¿qué haces ahí y no en el cajón de la cocina?

         —La verdad es que no lo sé. Oí gritos y después una mano me cogió y me trajo hasta aquí. Me clavó varias veces en este cuerpo, que, por cierto, no sé quién es, y ahora no puedo moverme. Al principio, aún se estaba caliente, ahora empiezo a notar el frío y claro con el acero de mi piel, aún se nota más. —Explica tranquilamente el cuchillo.

         —Yo he escuchado la discusión, yo sé algunas de las cosas que han pasado,… —grita insultante el recibidor— ahora os lo explico todo, tal cual ha pasado.

         Todos permanecieron en silencio en sus lugares. La ventana, de tanto en tanto golpeaba al marco y a la cortina, llevada por el viento del exterior, lo que provocaba algún gruñido del interior. Todos estaban expectantes, excitados por la historia que el recibidor iba a contarles.

         —Bueno, yo sólo sé una pequeña parte, la que va de mí a la cocina y poca cosa más. La de antes de los gritos. La de la normalidad. Sentí que alguien abría la puerta con la llave de siempre. Era ella que venía acompañada de un desconocido o debería decir que era otro desconocido. Éste era más guapo que los anteriores, al menos el reflejo que guardo en el espejo, aún me provoca un calor que otros no han dejado. Ella colgó las llaves detrás del cuadro africano que se encuentra en mis paredes, él la abrazó y se besaron delante del espejo. Realmente, era muy guapo.

         —¿Y? —cortó el cuchillo con fastidio por una historia que le empezaba a parecer demasiado edulcorada y propia de otra época.

         —Ella le dijo que no fuera tan impaciente, que todo llegaría, que a veces, tenía la sensación que los objetos de su casa la vigilaban y que la única parte secreta del piso, donde ella se sentía segura, era la habitación donde dormía. Él asintió y la volvió a besar. Ella le preguntó si quería tomar algo. Él le dijo que un whisky solo. Entonces, él la siguió a la cocina y antes de entrar, posó su mano en su trasero, recibiendo una sonrisa de ella. Luego, una vez dentro, oía el silencio y me imaginé escenas de otras veces, de otros días, pero, de repente, los gritos y ella saliendo semidesnuda de la cocina, llorando y con su ropa rasgada por las zarpas de él y,… ya no sé nada.

         —¡Vaya historia! ¿Quién se lo va a creer? Yo no estoy clavado en el cuerpo de ella, sino en el de un desconocido. ¿Dónde está ella? ¿Qué ocurrió en la cocina?

         —No lo sé, yo sólo puedo explicar lo que reflejé. No llego a la cocina, ahí es tu territorio. Tal vez, el botellero o la nevera, puedan decirnos algo. De hecho, estuvieron un buen rato, ¿no? —pregunta el recibidor mirando al reloj del pasillo.

         —Treinta minutos, para ser exactos —puntualiza. —Entraron a las cinco y dieciséis, los gritos se produjeron a las cinco y cuarenta y tres y a las cinco y cuarenta y seis, salieron de ella.

         —Preguntemos, entonces a la nevera o al botellero, a ver que vieron o pudieron escuchar —pregunta desde el suelo la lámpara.

         —Disculpe, señora o señorita nevera (no sé si se encuentra soltera o casada), —especifica el reloj—. ¿Podría indicarnos que ocurrió en la cocina entre las cinco y dieciséis y las cinco y cuarenta y tres, por favor?

         —La verdad es que no lo sé. Soy demasiado vieja, para saber con certeza aquello que mis ojos han podido ver u oír. Sé que se sentaron en la mesa, bebieron lo que ella había preparado para los dos, con el hielo que extrajeron de mis entrañas y de repente, él le preguntó qué desde cuándo bebía whisky con desconocidos en la cocina, qué quién era ella para tirar así su vida, para provocar a los desconocidos, a facilitarle la entrada a su casa y a su… (una palabra muy fea, que no sé lo que significa pero ella sí y, él por supuesto. Me parece que yo, no tengo de eso) y, de repente, empezaron a discutir y él le desgarró el vestido y ella salió corriendo y él abrió un cajón de la cocina y cogió al cuchillo y fue detrás de ella. Eso fue lo que escuché y pude ver.

         —¡Me cogió él! ¿Y como he acabado en él? —pregunta el cuchillo asustado, sin saber que hacer.

         —Eso ya no lo puedo decir yo. Sólo cuento lo que oí en la cocina. Tengo difícil acceso al resto del piso, por mi tamaño y peso. Tal vez, las puertas sepan algo.

         —Siempre han guardado bien los secretos, no dirán nada, aunque las golpeemos contra su propio marco. Las puertas no son cotillas, no hablan, permanecen mudas. Ellas no nos pueden dar ninguna información —finaliza la mesita.

         —¿Y la cómoda de la habitación? Si llegaron a pasar a ella, nos podría contar lo sucedido. Gritemos, para que nos oiga. Seguro que ella sabe algo más— dice la lámpara desde el suelo.

         Todos los objetos empiezan a gritar el nombre de la cómoda. El reloj marca más fuerte el paso del tiempo, la ventana da con más fuerza sobre la cortina y el sonido del piso, parecen los gritos del patio de un colegio en el recreo. Finalmente, desde la habitación, la cómoda contesta:

         —¿Qué queréis? Estoy traumatizada. Me han desnudado, me han vaciado, me han golpeado y aún tengo que ir vuestros gritos. Estoy desolada.

         —Lo sentimos mucho, pero es que hay un desconocido sangrando en el comedor, el cuchillo está clavado en él y no sabemos que ha ocurrido con Ella, ni qué hace el desconocido tumbado sobre la alfombra del comedor. Nos preguntábamos si tu sabías algo de lo que ha ocurrido —intenta no gritar la lámpara desde el suelo.

         La cómoda guarda silencio. Parece que busque en la habitación, que observe todo para encontrar una nueva pista, algo que ayude a completar el puzzle de lo que acaba de escuchar y vivir. De repente se escucha un fuerte golpe. Todos miran a la ventana.

         —Yo no he sido está vez.

         —Tranquilos, mis entrañas han crujido por el impacto de lo que he visto. Aquí yace ella, sobre su ropa desordenada, volada y arrugada, que llena la habitación de desorden y de tesoros que durante horas había guardado en mí. Los pequeños retratos están rotos en el suelo, destrozados y hecho añicos su cristal. Todo está patas arriba, no queda nada en su sitio. Ella no se mueve, permanece inmóvil sobre la cama. No sé que ha ocurrido. Estoy desolada. Algo gotea de su pecho, un líquido de color rojo, como si fuera un grifo mal cerrado. ¡Qué horror! No puedo decir nada, no tengo fuerzas, siento un gran vacío en mi interior, que no sé como recuperar. No puedo decir nada más…

         —¡Yo sí! —grita el cabezal de la cama—. Si fuera un ser humano, yo sería el principal testigo, lo sé todo, sé que ha pasado aquí dentro. Os lo explico. Ella ha venido llorando, preguntándose qué ha pasado, cómo era posible, que él fuera otro. Yo no entendía nada. Él ha aparecido enajenado y con el cuchillo en la mano, la ha empezado a penetrar con él, una y otra vez, hasta que ha caído en la cama. Entonces, Él se ha vuelto loco (si no lo estaba antes) y ha empezado a tirar cajones, retratos y ropa de ella por toda la habitación. Cuando su locura se ha calmado, se ha puesto a llorar y se ha preguntado por qué. No paraba de repetir esa palabra. Por qué. Por qué. Por qué. Por qué. Por qué. Por qué,… Ha cogido el teléfono y ha llamado a un número, dando los datos del piso y lo que había sucedido…

         —Eso es cierto, exactamente el 091 —interrumpe el teléfono de la habitación.

         —… Y, entonces, ha empezado a cortarse con el cuchillo, primero los brazos, la cara, el pecho… Y, después, la locura: ha escrito encima de mí unas palabras que no entiendo y ha empezado a clavarse el cuchillo y así ha salido de la habitación. Luego he escuchado, dos golpes, uno más pequeño y otro más fuerte. Después nada.

         —Joder, Joder,… Joder. Me acabo de convertir en el arma del delito. ¿Y ahora qué pasará conmigo? Yo soy inocente. Quiero seguir en este lugar. ¡Joder, joder, joder!

         —Ahora, sólo queda esperar —señala la cortina, acariciando con su falda el cuerpo del cuchillo.

         —Silencio, la policía —grita el recibidor.

         La puerta de entrada al piso se desgarra del golpe. Dos policías con el traje especial, entran en el piso. Detrás los vecinos, intentan captar algo de lo que está pasando. Miran al espejo del recibidor y se asoman a la cocina. Un cajón abierto, trozos de ropa de mujer en el suelo, sillas patas arriba. “Parece que no pinta muy bien”, indica el policía con sus muecas. Entran en el comedor y uno de ellos pregunta:

         —¿Qué ha pasado aquí?

Dedicado a Manuel Rivas, K’napé y Juan José Millás

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