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“El sudor me impregna de pies a cabeza. ¿Estoy vivo?” Se preguntaba.
“Desde la boca del estómago hasta a la garganta…este flujo que sabe a agrio, a vino peleón, a hiel. El aire es dulzón y huele a quemado, a hierba mojada, a boñiga.
Debo ordenar mis ideas” con la bota golpeó el suelo: “Lo prioritario; anular la bestia que te ha poseído y que es yo mismo. ¿Soy otro ahora? ¿Cuánto tiempo ha pasado?
Fue la energía salida de las vísceras, mandar con serenidad, el instinto de supervivencia, destellos de imágenes, movimientos, un rumor confuso y ¡el placer de matar! Némesis.
Ahora la sangre circula de nuevo hasta las yemas de mis dedos, impregnadas de sangre, sangre en las cejas y en la boca. Recupero el tacto ¡viva Marte! estoy vivo.
Acabo de descubrir mis heridas porque siento el dolor. El dolor me devuelve la conciencia, y también aquel pájaro, o lo que sea, que bate las alas entre las ramas convertido en un chispazo azul” Con los ojos quiso atrapar esa ilusión fugitiva: “Total, un corte en el antebrazo, no es nada, los dioses te protegen, escupo en su honor” lo hizo.
“La boca seca, saliva espesa, sed, un agotamiento atroz. Mirarme y mirar los muertos, los heridos chillando, gimiendo, los caballos y los hombres con los intestinos fuera y aquel brazo sin mano...Respirar, respiro ¡Salve Vespasiano! ¡Roma Victoriosa!
… No distingo entre heridos y muertos, son amasijos de carne. Enemigos y amigos en uno, uno solo y por miles los cadáveres, todos iguales. El barro color sangre y allí el estandarte de la XIV Gemina, rojo, con el capricornio amarillo, tieso y encajado en las cotas segmentadas abiertas y similares al costillar de los barcos, que se abandonan en la arena para que las gaviotas devoren los cangrejos. ¡Dioses, qué extraños pensamientos! La locura” volvió a escupir mirando a su alrededor sin ver nada de verdad.
“Después del combate, como siempre, percibo el silencio incomparable con otro silencio, que no acaba de ser silencio. Flota una niebla lechosa sobre la hierba y los vivos parecen espíritus sin rumbo fijo. Comienza el festín de los cuervos. Más tarde vendrán los perros, las moscas, los topos y las hormigas, la lluvia y el viento. Las hogueras y el despojo, el hedor” notaba una opresión angustiosa en el pecho.
“Necesito huir aunque sea un minuto…escapar a otro escenario, puro, si existe. Ansío creer que existe, beber y limpiarme, a poder ser, arrancarme la piel y nacer de nuevo.
Acuden las preguntas de siempre: todo esto ¿para qué y en nombre de qué? Conoces las respuestas; en nombre de Roma, del orden y la civilización. ¡Qué hastío!”
El rumor del agua sonaba no muy lejos, a unos doscientos pasos.
Quinto Petilio Cerial(1),
el legado, el triunfador, no se sentía un héroe, no
aún ni en este momento. Ahora los vítores le sabrían
a burla dolorosa y obscena. A toda costa necesitaba
reconocerse hombre, alejándose del horror en
solitario. Aplazaba lo que vendría: contar las bajas
y el botín en prisioneros y armas, el ritual de los
golpes en la espalda ¡Salve!, ¡por Júpiter Victor!
¡Por el Genio de la XIV! Y todo lo demás: quemar los
muertos, los desfiles, los estandartes, los premios,
consolar a los heridos, citar a cada legionario por
su nombre, escribir las cartas, beber a la salud de
los vivos y en honor a los muertos, libaciones a los
dioses de Roma… Pero más tarde, en unos minutos.
Huyó hacia el bosque que no se había quemado como un don de los dioses o de los espíritus bárbaros, que se complacen ignorando la demencia humana. Su oído captó el sonido del agua y el de las hojas nuevas, el canto de un ave pescadora, no carroñera, y percibió la fragancia de los narcisos, la de las fresas escondidas en la sombra, cerca del cauce. Comió unas cuantas y le supieron a novedad recién descubierta.
Olía a musgo y a la seta blanca que crece en los tocones de los chopos. Respiró hondo y enfundó la espada sucia de sangre coagulada, como sus manos y sus mejillas. La mancha de la sangre, pegajosa, no se le iba de la piel.
Entre los álamos admiró el agua centelleando y las rocas que recibían los chorros del líquido cuesta abajo hasta dejarlas lisas y pulcras. El agua limpia… tan cerca de la muerte. La naturaleza, meditó, era impasible, inexorable y honesta.
Se acercó apartando las palmas de los helechos de un verde infantil. Hacía calor y el sol lo deslumbró. Bendijo a su corazón por ser capaz de percibir esas sensaciones.
Bebió como los animales, tendido sobre el pasto. Después sumergió la cabeza y sus ojos miraron el interior del agua; vio peces con una línea rosada de las agallas a la cola; truchas, vio el liquen flotando entre piedras, y vio dos ranas, un zapatero, una libélula, una salamandra, renacuajos…la vida. Se reía y de su boca escapaban burbujas.
Al sacudirse la cabeza mojada escuchó un chapoteo, algo similar a un gemido o a una respiración ansiosa y débil. El sexto sentido, siempre alerta, nunca olvidado, ni en este momento precioso, le hizo levantarse y, en silencio, alerta, caminar encogido hacia ese ruido, pero iba con cuidado al pisar, imitando a la sombra de sí mismo.
Estaba a pocos pasos de él, acurrucado encima de una roca en una postura extraña, parecida a la de los simios más flexibles, el delgado torso inclinado adelante entre las piernas dobladas y las manos extendidas en el agua; bebía como absorto. Los muslos y los brazos desnudos, sin vello, tatuados, el pelo trigueño reposando entre los omóplatos, descalzo, con una trenza desde la sien izquierda, pendiendo en el vació.
Petilio desenvainó, acercándose por detrás; recobraba el instinto del cazador, del soldado... Pillaría al germano de espaldas y en su mente ya lo veía degollado, bastaba echar esa cabeza atrás con furia...Aquel enemigo tenía el oído fino y se volvió.
Petilio gritó algo inescrutable, gutural, feroz, casi sin voz, y se le abalanzó.
Con el pomo de la espada golpeó al guerrero en la sien y cayó mirando al cielo, los brazos en cruz, aturdido. Petilio apuntó el arma a su pecho y la mano derecha del germano, tendida, hizo el ademán ingenuo de querer parar el filo.
¿Clemencia? La diosa suave, se le hizo presente en los ojos azules, implorantes de aquel muchacho, casi un niño. Detuvo la espada y enfundó.
Esta muerte, después de tantas, significaba un sacrificio al dios de la sangre, Marte, que ya estaba harto, saciado con creces. ¿Cuántos jóvenes habrían muerto hoy?
En definitiva; el agua, las ranas, las fresas… una tregua a favor de la vida.
Finalmente, Quinto Petilio sonrió.
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(1) Quinto Petilio Cerial: Patricio y general (legado) romano. Al mando de la legión XIV Gemina, entre otras, intervino con éxito en las campañas contra los germanos batavios en época de Vespasiano, aprox. año 70 d.C. |