|
Bandeja de merengues
Juana masajeaba sus doloridas rodillas en la sala de espera. Sus ciento veinte kilos no le hacían ningún favor a su artrosis. Dijeron su nombre y lo más aprisa que pudo, dadas las circunstancias, se levantó del asiento.
—Ha perdido sólo un kilo. Tiene que ser más estricta con la dieta. Le voy a prescribir una de ochocientas calorías —le riñó el endocrino.
Juana quería morirse. Estaba harta de espinacas y lechuga. No protestó. Caminaba hacia su casa cuando avistó una pastelería. Entró decidida y pidió que le pusiera la bandeja más grande de merengues. Se los comió todos. Aún apreciaba el gusto de limón y azúcar en su boca cuando escuchó que la llamaban entre sueños.
—¿Doña Juana García?
—Sí, soy yo —respondió sin llegar a espabilarse totalmente.
—Se ha dormido, Juana —le indicó la enfermera. El médico la espera.
—He de comunicarle que esto no va bien. Sólo ha perdido un kilo de peso… ¡Pero, señora! ¿De qué se ríe? ¿No le da vergüenza? —le gritó muy enfadado el médico.
Juana lo miraba desternillada con la boca echa agua imaginando los merengues.
Gafas de cristal amarillo
Genaro se sentía muy satisfecho con su compra. Escéptico ante el vendedor que le aseguraba una nueva forma de ver el mundo, nunca imaginó que sus nuevas gafas de cristales amarillos le traerían la felicidad. Al principio, tal como indicaban las instrucciones, debía colocárselas durante pocos minutos, hasta acostumbrarse. Él, obediente, jugaba a ponérselas y quitárselas esperando que se produjera el tan deseado cambio.
Un día, se las colocó y al mirar por sus amarillos cristales, observó que el mundo había cambiado. El sol brillaba con una luz diferente y las caras de todas las personas a las que observaba irradiaban una extrema alegría, mientras charlaban unos con otros animadamente. Era como ser testigo de un mundo diferente, tal como anunciaba la publicidad de las gafas. Hasta él, siempre miedoso, inseguro y apocado era ahora distinto. Con sus nuevas gafas de cristales amarillos se sentía el rey del universo, podía enfrentarse a todo y a todos, por ello, decidió no quitárselas jamás.
—¡Genaro! ¿Otra vez con las gafas amarillas? ¡Te he dicho mil veces que no te quiero con ellas en la cama! Quítatelas y prepárate. El psiquiatra pasará a verte, en pocos minutos. |