Belkys Sorbellini — Soy de Santa Fe, Capital, Republica Argentina.
Escribo desde la adolescencia. Soy coreógrafa y fui la directora de un Grupo Independiente de Danza Contemporánea, que hacía muchas obras de danza-teatro. Todos los guiones de las obras los escribía yo. La ultima obra presentada fue en el 2000, La otra Mirada, título de la obra y del poema que dió origen a la misma. Hice en 1984 mi primera exposición de Poemas ilustrados en la Librería La Torre de Babel. Nunca edité ningún libro, y hace dos meses participé por primera vez de un concurso de Poesias de España. Y mi poema Gestos fué preseleccionado para integrar una antología. He escrito poemas en internet en POETAS SIN FRONTERAS bajo el seudónimo Mia Bellini.
Estoy actualmente trabajando en la corrección de mis poemas para publicar por primera vez un libro. He incursionado en cuentos breves.

Los chicos de la calle 

         Leo en el Matutino del domingo un artículo sobre los chicos de la calle.

         Marina le dice al periodista: —“Antes de ayer me atropelló un auto, pero tuve mala suerte. No me mató.”

         Marina tiene un nombre cristalino, simple, que alude a claridad, a pureza. Pero Marina nació en un lugar lleno de carencias, de ausencias, de dolor. Y su nombre no la protegió contra esos dolores. El papá de Marina bebe, es alcohólico y su madre tiene muchos hijos de que ocuparse y no es prodiga en caricias, en mimos. Es una mujer golpeada y no sabe de caricias. Marina creció como pudo, a los tumbos, sola. Como la mayoría de estos chicos. Y con 15 años lejos de estar ilusionada con su fiesta de cumpleaños siente que tuvo mala suerte porque un auto no la mató al atropellarla. Cuanto desamor alrededor de su vida para que Marina se sienta desalmada en el cabal sentido de la palabra. Sin un alma que la salve del suplicio de sobrevivir. Desalmada, sola a pesar de tantos hermanos y de sus vivos Sola, en la calle, mendigando, prostituyéndose. Como casi todos estos niños de padres sin trabajo. Pero muy pocas veces miramos a los ojos a las Marinas que piden limosna, que venden una rosa. A los chicos que venden estampitas, alfajores, o cualquier artículo. Más bien los evitamos y hasta nos sentimos molestos con su presencia. No les regalamos ni un segundo de ternura ¿Cómo salvarse entonces en un mundo lleno de indiferencia, de soledad, de desamor? Esta no es una película con final feliz. Ni una telenovela rosa donde la chica se queda con el hijo del patrón y se convierte en niña rica. Esto es la vida, no es ficción. No se salvan. No hay políticas que los incluyan. Si los negamos. Si no se crean las condiciones de inclusión, de protección, de salud y educación. Si después nos sorprendemos cuando leemos que la mayoría de estos niños se prostituyen cada vez más chicos. Si leemos que los delincuentes también son cada vez más chicos ¿Cómo salvamos a MARINA?, y a todos los que como ella merecen una luz de esperanza para volver a sentir que algo dentro suyo vive. ¿Cómo?

Editorial a partir de un artículo periodístico del matutino “Clarín” de Capital Federal. Argentina.

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