María Cecilia Sánchez González — Poetisa y ensayista, nació en Bogotá el 28 de diciembre de 1964. Estudió sicología en la Universidad Nacional de Colombia. Colaboradora del Magazín Dominical del diario El Espectador, entre 1995 y 1999, es autora de diversos ensayos, entre ellos Artaud: la anarquía primigenia (M.D. 13 de abril de 1997), Infancia y escritura (Revista Desde el Jardín de Freud, junio de 2001) y Cierra los ojos y ve (sobre la novela Ulises de James Joyce, Revista Desde el Jardín de Freud, diciembre de 2008), entre otros. Investigadora y escritora de la cartilla de relatos paeces Seres que nunca mueren, edición bilingüe, con el Consejo Regional Indígena del Cauca, Editorial El Fuego Azul, Bogotá, 1997. Ha publicado Las alas muertas, Trilce Editores y Altazor Editores, Bogotá, 2006 y suyos son los libros inéditos El anillo de la noche, Espíritu animal y Bosque de sombras.

 

CUATRO PILARES DE UNA CASA ENTRE LOS ROBLES,
POESÍA CONTEMPORÁNEA EN COLOMBIA 

Fragmento de un trabajo leído en Campeche, Campeche, México, en el marco del X Festival Internacional del Centro Histórico, diciembre de 2006.

         Más que un panorama de la poesía colombiana actual, quiero hablar de lo trazado por cuatro poetas, cuya escritura se ha entroncado profundamente con la historia y las contingencias contemporáneas, no importa que tres de ellos hoy estén muertos. Luis Vidales, Aurelio Arturo, Héctor Rojas Herazo y Giovanni Quessep son poetas de gran calidad estética y con su trabajo han señalado rumbos y posibilidades a los escritores que hoy se encuentran en plena producción.

LUIS VIDALES O LA IRONÍA

         Poeta, ensayista y político del departamento del Quindío, (Hacienda Río Azul, Calarcá, 1900 Bogotá, junio de 1990). Hijo de un educador, Vidales encontró en el medio familiar el ambiente propicio para su vocación literaria. En 1926, los intelectuales colombianos pensaban que tenían que pensar como los europeos antes del modernismo. En medio de esa quietud de fotografía surgió Luis Vidales con su más importante libro Suenan timbres. Fue miembro fundador del Partido Comunista, se dedicó a la cátedra universitaria y la literatura ensayística. Muchas veces fue detenido por sus actividades políticas. Otros de sus libros de poesía son: Poemas del abominable hombre del barrio Las Nieves (1985), Antología Poética (1985) y El libro de los fantasmas (1986). En prosa publicó: Tratado de Estética (1945), La insurrección desplomada (1948), La circunstancia social en el arte (1973) e Historia de la Estadística en Colombia (1978). Vidales recibió el Premio Nacional de Poesía por reconocimiento de la Universidad de Antioquia en 1982, y el premio Lenin de la Paz en 1983.

         Su poesía significó una ruptura con respecto a las acartonadas formas que había asumido la poesía en Colombia, interesada hasta ese momento en cumplir con todas las normas del ritmo y de la adjetivación heredadas del siglo anterior. En su poesía se pasea campante la ironía, a veces sutil, a veces mordaz, siempre un pellizco que alerta al lector obligándolo a preguntarse por lo que considera realidad:

Viaje con aventura
Ayer no más salió mi alma
-en viaje de recreo-
hacia sus países abstraídos.
Y ahora vuelve coja,
porque en mitad de la jornada
le sobrevino un ataque de reuma.
Como es lógico
le prohibí salir de casa.
Y en su aburrimiento
siento como se estira
y se encoge
la pobrecita.
1

         En la poesía de Luis Vidales hay un gran movimiento, característica que la ubica en un lugar privilegiado en lo que tiene que ver con la poesía que se escribe inclusive hasta el día de hoy en Colombia, donde por diferentes vías, pero siempre con la sombra de la guerra y de la violencia, la palabra ha ido acogiendo un papel de simple constatación, en unos casos con desmedro a la imaginación, en otros afortunadamente no.

         Pero volviendo a Vidales y su gran movimiento de imágenes, las hay de la memoria:

Las pisadas
La mujer ha pasado
pero sus pasos
se quedaron sonando para siempre dentro de mí.
¿En qué seres ya muertos
repercutiría el ruido de sus pasos
cuando era niña?
2

         Hay otros movimientos que son de la pura imaginación, como cuando Vidales se encuentra a un hombre que: (…) tendió hacia mí sus brazos, que había desnudado hasta los codos, y con las manos abiertas comenzó a sustraer de mi cuerpo unos hilos semiinvisibles. (…) Yo caí sin sentido (…). Cuando me levanté, no podía sostenerme (…). ¡Aquel hombre me había robado el equilibrio!3

         Hay otros movimientos que son de pura irreverencia: Las cruces que hay en el mundo/ son trampas puestas por los hombres/ para cazar a Jesucristo.// Es verdad que el diablo le tiene miedo a la cruz/ pero Jesucristo le tiene mucho más miedo/ y huye donde ve una.// Esto le ocurre/ desde aquella vez/ que le pusieron esa CONDECORACIÓN/ tan grande/ que se enredó en ella/ y se murió.// Y sin embargo/ Jesucristo ha sido siempre/ a través de todos los tiempos/ el más perfecto// MAROMERO.// Eso es.4

         Del mismo modo que las sombras, los árboles, los gatos y las nubes, el tiempo en Luis Vidales es volátil: El calendario es el único árbol del mundo que sufre de otoño recurrente. Tanto movimiento hay, que parece una respuesta a la quietud que lo rodeaba en su juventud; cada frase, cada imagen nos da una atmósfera nueva y distinta con respecto a la anterior. Aún en el intento de encuadrar el paisaje de su ventana, el poeta no encuentra sino el cambio y descubre un cuadro en el que pueda ver la sucesión de las estaciones, los días de sol y de lluvia, la aparición de las primeras estrellas.

         Mucho debió molestar a la sociedad, en medio de las “buenas maneras”, europeizantes e inocuas que estaban de moda en la poesía, el hecho contundente de esta escritura:

         Los bogotanos están atravesando en estos momentos por un idiotismo sin disidencias. O Pido la palabra para declarar que sería extraordinario descubrir una crítica sin críticos, o En este país, debemos llorar a los vivos más que a los propios muertos.5

         AURELIO ARTURO O LA PALABRA

         Aurelio Arturo nació en la Unión (departamento de Nariño, al sur de Colombia), en 1909 y murió en Bogotá, en 1974. Abogado de oficio, su producción se reúne en un libro y otros poemas sueltos, donde, no obstante, está contenida una de la mayor poesía colombiana.

         Morada al sur contiene 14 poemas, y aparte hubo 18 poemas más, que Arturo nunca reunió en un libro.

         No perteneció a ninguna corriente literaria, a pesar de haber unido su nombre al movimiento de Piedra y Cielo, movimiento literario que en Colombia buscó una renovación creativa acudiendo al modernismo de los hispanos. Sus influencias habría que buscarlas más bien en la poesía anglosajona, afirma Fernando Arbeláez, poeta colombiano, en su ensayo Aurelio Arturo: Morada al sur.6 Su poesía se mantiene hasta el día de hoy como una fuente excepcional, que sigue surtiendo efectos en las generaciones posteriores.

         Ligada con fuerza a un entorno natural, la poesía de Aurelio Arturo es además de una contemplación de la tierra, un testimonio de la presencia del hombre en ella, de su esencia como parte de las luchas vegetales y minerales. No obstante, no se puede interpretar como una lectura naturalista, la presencia del hombre aquí se trata igualmente de una cultura, en este caso, la campesina. Fernando Arbeláez resalta este hecho pues en la literatura colombiana en general, la naturaleza es selvática: representa la lucha más feroz, casi siempre se utiliza como símbolo o telón de fondo de la violencia que se ha enseñoreado en el país desde hace casi cinco décadas, mientras que en Aurelio Arturo se realiza una convivencia, que no por no ser feroz, es necesariamente tranquila.

         Quiero mostrar tres ámbitos de la poesía de Aurelio Arturo, tres instancias que hallo en su lectura. Podemos asistir al canto de la naturaleza en su más puro lenguaje: el estadio claramente natural, vegetal, atmosférico.

Oíd el canto dulce de las tierras de nadie.
Tanta belleza es cierta, viva, sensual, sencilla,
no obstante, todo aquí habla de otras tierras más dulces,
todo es aquí presencias y hablas de maravilla.
7

         Palabra enlazada a la música de los elementos naturales, la ensoñación de Arturo nos lleva por paisajes, árboles y aguas de una belleza que es única en la poesía colombiana.

te hablo de una voz que me es brisa constante,
en mi canción moviendo toda palabra mía,
como ese aliento que toda hoja mueve en el sur, tan
         dulcemente,
toda hoja, noche y día, suavemente en el sur.
8

         Hay otro ámbito, ya cultural, que aparece sin cortar la cadencia de las primeras imágenes: mas no es un hombre contemplativo el que encontramos aquí, es el hombre en el trabajo. Es tanto símbolo de la presencia de una cultura, como la de un ser que se reconoce en los elementos naturales:

Trabajar era bueno. Sobre troncos
la vida, sobre la espuma, cantando las crecientes.
¿Trabajar un pretexto para no irse del río,
Para ser también el río, el rumor de la orilla?

Juan Gálvez, José Narváez, Pioquinto Sierra,
como robles entre robles… Era grato,
con vosotros cantar o maldecir, en los bosques
abatir avecillas como hojas del cielo.

Grata fue la rudeza.
9

         Parecería que Arturo habla de la tierra, precisamente para hablar de la lucha del hombre.

         Luego vemos aparecer la relación del hombre con ese entorno, relación de comunión y de fraternidad, donde Aurelio Arturo ni elige ni obliga a elegir, naturaleza y hombre simplemente son, existen en un encuentro esencial.

Y pensaron: el sol es nuestro, nuestro sol,
nuestro padre, nuestro compañero
que viene a nosotros como un simple obrero.
Y se durmieron con un sol en sus sueños.
10

         Qué actitud más armónica se puede esperar que el hecho estético y existencial de irse a dormir con el sol como compañero de faenas. Irse con lo uno, la noche, sin abandonar lo otro, el sol. En los versos de Aurelio Arturo vive el hombre en su más noble inclinación. Sin embargo, esto no niega que pueda suceder lo más terrible, que en esas “dulces tierras de nadie”, lo terrible se haga presente y nos interrogue:

No cae la yerba
                           no
como las gotas de fuego
que llovieron sobre las ciudades de la planicie:
se arrastra
                  se desliza
y se quiebran las columnatas
porque ha llegado el reino oscuro y áspero
y el hombre está lejos
o yace bajo la yerba.
11

         Signo inequívoco de la presencia del hombre, no de su ausencia, como atestiguan muchas gramáticas contemporáneas, la palabra en Aurelio Arturo es precisa, suficiente y exacta: atributos que solamente pueden alcanzar muy pocos. Iniciamos este recorrido por la palabra que habla de la naturaleza más pura, pero he aquí que llegamos a una instancia que parece una inversión total: en la siguiente frase, parecería que la naturaleza surge del hombre, de la presencia humana, de unas mujeres, en este caso, depende el desenvolvimiento de la noche:

Oigo crecer las mujeres en la penumbra malva
Y caer de sus párpados la sombra gota a gota.

         El último estadio de su poesía que quisiera mostrar es, por si hiciera falta, su gran compromiso con la palabra. El autor hace una declaración de su vocación por la palabra, vocación de la cual dan testimonio sus poemas, y también su ética ante la vida: entre los poetas con quienes compartió lecturas y tiempos, es común la opinión sobre su presencia reservada y sin embargo llena de conocimientos sólidos y profundos, su distancia de los ademanes de protagonismo y su certeza en el empleo del lenguaje. Leamos entonces el poema Palabra, para cerrar este pequeño comentario sobre el poeta Aurelio Arturo.

nos rodea la palabra
la oímos
la tocamos
su aroma nos circunda
palabra que decimos
y modelamos con la mano
fina y tosca
y que
forjamos
con el fuego de la sangre
y la suavidad de la piel de nuestras amadas
palabra omnipresente
con nosotros desde el alba
y aun antes
en el agua oscura del sueño
o en la edad de la que apenas salvamos
retazos de recuerdos
de espantos
de terribles ternuras
que va con nosotros
monólogo mudo
                           diálogo
la que ofrecemos a nuestros amigos
la que acuñamos
para el amor la queja
la lisonja
moneda de sol
o de plata
o moneda falsa
en ella nos miramos
para saber quiénes somos
nuestro oficio
y raza
refleja
nuestro yo
nuestra tribu
profundo espejo
y cuando es alegría y angustia
y los vastos cielos y el verde follaje
y la tierra que canta
entonces ese vuelo de palabras
es la poesía
puede ser la poesía.
12

         GIOVANNI QUESSEP O LA FÁBULA

         Poeta y ensayista colombiano nacido en San Onofre, Sucre, en 1939. Estudió Filosofía y letras en la Universidad Javeriana de Bogotá, y en Italia se especializó en poesía del Renacimiento y Lectura Dantis. Desde 1992, es Doctor Honoris Causa en Filosofía y letras de la Universidad del Cauca, de la cual es profesor de Literatura. Entre su amplia obra poética se cuentan las siguientes publicaciones: Después del paraíso en 1961, El ser no es una fábula en 1968, Duración y leyenda en 1972, Canto del extranjero en 1976, Madrigales de vida y muerte en 1978, Muerte de Merlín en 1985, Un jardín y un desierto, 1993 y Antología poética en 1993. En el año 2000, el Fondo de Cultura Económica en México publicó la antología El Libro del encantado y Brasa lunar obtuvo el Premio Nacional de Poesía José Asunción Silva 2004.

         "La poesía de Quessep —afirmó el también poeta colombiano Fernando Charry Lara— se expresa, tensa, serenamente, en imágenes de tiempo perdido u olvidado, entre sombras que son más del símbolo o la leyenda, con materia de instantes de los que se ha apoderado para siempre la fijeza. Desconfía de la retórica versolibrista pero no se encarcela en estrecheces. Tiene la libertad del que sueña y sobre todo, la de aquel que despierta de los sueños".

         La poesía de Giovanni Quessep se mueve en el filo que hay entre la vida y la muerte, a veces en la contemplación, a veces en el tránsito de un camino, ida y vuelta, con las razones que encuentra en un lado para llevarlas hacia el otro, en forma de fábula, de canto, de encantamiento. Nunca interesado en registrar lo real, no opta sin embargo por ignorar la realidad, solamente apuesta por expresarla de una manera transfigurada, como corresponde a la lírica, según sus propias palabras. De origen libanés, Giovanni Quessep acude a la esencia de los significados heredados del padre para expresar los referentes de una infancia que se ha vuelto eterna. Así, una elección que supondría una exclusión de los asuntos reales y cotidianos, se convierte en un crisol único dentro de la poesía colombiana. Ese deseo de fábula en un origen que se extiende hasta la muerte, se expresa muy claramente en el poema Juguetes.

El aljibe agrietado persevera,
polvo y azul, en este mediodía.
Los niños descendemos, y en su fondo
encontramos juguetes de hojalata,
un tapiz que se teje solo, pájaros.
Esto que es el pasado nos otorga
su rumor y misterio, y reiniciamos
largas navegaciones por su cielo.
Venga la muerte así, como ha venido
la infancia en un juguete; y encontremos
al bajar por la sombra a su floresta
un tapiz que se teja eterno, fábulas.
13

         Quizá la fábula sea la respuesta para el desconsuelo, para el dolor, pues el poeta no lo niega. Existe y es el más fuerte. Pero el desconsuelo sin divertimento es pura aridez, y la sola realidad una pócima, como afirma en el poema Muerte de Merlín:

Entre bosques el reino ha concluido.
No tiene sino puertas con herrumbre.
El sortilegio era falso, los encantadores
Yacen bajo el espino blanco.

Sin embargo –para quien pueda ver
A través de sus párpados de escarcha-,
Existe un rincón desconocido
Que brindan la constelación y la rosa.

Aquí el laurel no habita
Sino el veneno azulado de la mandrágora,
Y el tiempo guarda sus libélulas
Para dorar los ojos de los muertos.
14

         Sea este el punto para tocar otro tema que atraviesa la poética de Quessep y es el tiempo. Ese tiempo que únicamente lleva a la muerte, como el aljibe de la infancia, se sabe inexorable, y no por querer cambiarlo, el poeta lo habita. Al contrario, es en el tiempo donde encontramos los seres de la fantasía, el amor, el polvo, la luz, la rosa. El poeta lo asume y además alerta a quien se demora en el encuentro:

La alondra y los alacranes
Acuérdate muchacha
Que estás en un lugar de Suramérica
No estamos en Verona
No sentirás el canto de la alondra
Los inventos de Shakespeare
No son para Mauricio Babilonia
Cumple tu historia suramericana
Espérame desnuda
Entre los alacranes
Y olvídate y no olvides
Que el tiempo colecciona mariposas.
15

         Habitar el tiempo con la propia historia, que es la leyenda, y no negarle nada al mundo que se abre cuando nos asomamos al patio, al jardín, al silencio de la noche. Ese tiempo habitado por el deseo de belleza y de canto, es también habitado por la necesidad de entrar en gran relación con la muerte. Las imágenes de Quessep son muy ricas no sólo por el tono que le confieren a su poesía, sino porque señalan el camino de tal relación con la muerte. Como en ella hay leyenda, el poeta traza en el camino las señales que lo llevarán a sus ensueños. Y entonces:

Para hacerte a la música
Necesitas de todo, de los caminos grises,
de las hondas penumbras
o las luces del alba,
de pájaros que cantan aún en el silencio;

necesitas del cielo
y la hoja de otoño,
de unas manos vacías o el amor que no vuelve,
de la blancura de la nieve;

necesitas de todo para el sueño,
para hacerte a la música de los azules más distantes,
para que al fin tu alma
tenga confianza en la muerte.
16

         Todo esto que se necesita para morir, no es más que la muerte que hace parte de la vida, a la que el poeta nombra con tanta exigencia. Pero creo que además niega que sepamos. Por eso lo necesitamos todo, es que no sabemos, y sólo si buscamos el color y la música de la leyenda, estaremos en la vía de acceder a “la floresta magnífica”. ¿Pero en realidad se refiere al saber esto que se presenta como música, como polvo y como azul?

         Un aspecto esencial de la poética de Giovanni Quessep y que no alcanzaré a tratar aquí es la fuente de la que se ha nutrido desde sus inicios: es la fuente mitológica, de las Mil y una noches, la literatura fantástica como la de La Bella Durmiente, y en general todos los cuentos fantásticos de la infancia, la Odisea, La Divina Comedia, la procedencia de su padre y de sus antepasados. El poeta no los entiende como recursos literarios, son su fuente, lo que él ve, lo que él siente. Muchas veces ha sido interpretado como un poeta hermético, dificultad que se disuelve un tanto si hacemos el esfuerzo de entender sus imágenes. Así, “los azules más distantes” del poema Para hacerte a la música adquieren otra connotación, entendiendo que el azul es el color del luto en la cultura árabe y que Quessep realiza una recreación y una deriva de los temas y las imágenes que lo han nutrido para ser un poeta del encantamiento.

ROJAS HERAZO O EL HOMBRE

         Héctor Rojas Herazo nació en Tolú, Sucre, departamento al norte de Colombia, y murió en Bogotá, en 2002. Poeta, novelista, periodista y pintor, es uno de los artistas colombianos de mayor relevancia. Entre sus libros se cuentan: Rostros de la soledad (1952), Tránsito de Caín (1953), Desde la luz preguntan por nosotros (1956), Agresión de las formas contra el ángel (1961), Las úlceras de Adán (1995) y Candiles en la niebla (2006). Escribió las novelas Respirando el verano (1962), En noviembre llega el arzobispo (Premio Esso de literatura, 1967) y Celia se pudre (1986). Como periodista colaboró en diferentes diarios y como pintor expuso en más de sesenta ocasiones su obra, en el país, y en el exterior.

         En la poesía de Héctor Rojas Herazo se dan cita todas las preocupaciones del hombre contemporáneo, la existencia y las preguntas a Dios, las dudas sobre Dios y la gran caída que significa aceptar toda vida en la tierra. “Antes de él, son abundantes los poemas galantes a las partes más pudorosas del cuerpo de la amada. Héctor Rojas Herazo será el primero en construir su poesía sobre la cruda y acezante materialidad del cuerpo. En esta poesía hay un olor vivo, a saliva, a sudor, a orina; hay uñas y dientes, hay hueso y entrañas (…)” (Darío Jaramillo). “Por primera vez en la poesía colombiana se concibe al hombre como una unidad biológica y social: a cada momento estamos ante quien nos recuerda que no estamos hechos solamente de las dulces maneras del alma y del sueño: también de orines y semen y glándulas (…)” (García Usta)17. El ámbito en el que vive ese cuerpo tan cuerpo, tan vivo y sufriente, contiene la magia de los objetos vivos, y por eso no es extraña a la poesía de Héctor Rojas Herazo este interrogarse a propósito de los muebles:

Ese tal ¿cómo estás?, ¿cómo me sientes?,
¿cómo se cuela el día?
¿qué tal sigue la flor de tus pulmones?
Me saludan, me abrazan, me deshacen,
se llevan mis mejillas y mi pelo,
me gastan y los gasto,
les estrujo el color, les sorbo sus olores,
nos cambiamos las glándulas de esquina,
pómulos por vitrinas y tacones,
nos chupamos los hombros y las manos,
alimentamos luces de anillos,
cuero de carteras.
Abrimos una puerta. El picaporte
nos pide las medidas.
La cerradura chupa nuestra mano.
18

         El mundo caribe de donde procede Rojas Herazo es el mismo de donde procede su poesía, el hombre y la mujer que se miran y que él mira, las florestas, el aire, los animales y la luz. Alguna vez interrogado sobre los orígenes de su escritura, Rojas Herazo definió que escribía “desde un patio”, el patio de su infancia, el de las casas de la costa atlántica, donde adentro y afuera se conjugan y se confunden en su función de conectar el hombre al cosmos.

La casa entre los robles
A un ruido vago, a una sorpresa en los armarios,
La casa era más nuestra, buscaba nuestro aliento
Como el susto de un niño.
Por sobre los objetos era un dulce rumor,
                                          Una espina, una mano,
Cruzando las alcobas y encendiendo su lumbre
                                                      Furtiva en los rincones.
El sonido de un hombre, el retrato,
                                             El reflejo del aire sobre el pozo
Y el día con su firme venablo sobre el patio.
Más allá de las campanas, el humo de los cerros
Y en un dulce y liviano confín, entre la brisa,
El pájaro y el agua levemente cantando.

Todos allí presentes, hermano con hermana,
Mi madre y la cosecha,
El vaho de las bestias y el rumor de los frutos.

Adentro, el sacrificio filial de la madera
Sostenía la techumbre.

Una lluvia invisible mojaba nuestros pasos
De tiempo rumoroso, de fuerza,
                                                      De autoridad y límite.
19

         Este fragmento nos da una imagen muy precisa del adentro y del afuera que se mezclan en la poesía de los patios, en la poesía de Rojas Herazo.

         Habíamos dicho que un tema esencial en la poética de Rojas Herazo es el religioso. El hombre atravesado por el mito es una de las presencias más fuertes en toda la poesía y la novela de Héctor Rojas. Creyente, ateo o en la profunda duda, el hombre tiene que vérselas con su religiosidad como es, en el terror y en la esperanza, en la inconmensurabilidad de un mandato o en su despreciable simplicidad. El hombre debe verse como ese ser de barro que piensa a Dios, lo inventa, y lo perdona.

Las Ulceras de Adán
La bárbara inocencia,
los ojos indecisos y las manos,
el horror de vagar sin un delito.
Y él se golpeaba el pecho, se decía,
yo suspiro otra cosa, yo quisiera,
mientras Dios, en el viento, respiraba.
Lo inventó una mañana
(en esto consistió el privilegio)
y olfateó su terror, sus crímenes, su sueño.
Entonces conoció la alegría de no ser inocente.
Y se apiadó de Dios
y lo hospedó en sus úlceras sin cielo.
20

         Sea el final de este trabajo, el momento para hablar de una reflexión que me llega después del recorrido: quizá la imagen de la casa, en especial, de la Casa entre los robles que enmarca esta pequeña presentación, sea el símbolo de la búsqueda de un orden que no encontramos en la casa real que habitamos. Colombia sufre de desorden, de guerra, de falta de imaginación y de falta de palabra, y los poetas, con sus cuatro pilares de ironía, palabra, imaginación y nobleza nos han dado una en qué habitar. “En poema habita el hombre”, ha dicho Martin Heiddegger, en referencia al lenguaje que es necesario conocer, adquirir y dominar para alcanzar la humanidad; no basta con ocupar un espacio, casi ni siquiera basta con nombrar el territorio, si sobre él no se alza la casa del lenguaje, y no cualquier lenguaje, el lenguaje poético que implica trascender.

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1 Viaje con aventura. En Suenan timbres. Colección de poesía. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá. 2004.
2 En Suenan timbres. Op. Cit.
3 El enigma. En Suenan timbres. Op. Cit.
4 Cristología. En Suenan timbres. Op. Cit.
5 Visiones del carajete. En Suenan timbres. Op. Cit.
6 Aurelio Arturo: Morada al sur, Fernando Arbeláez, en Aurelio Arturo: Morada al sur y otros poemas. Edición de Santiago Mutis Durán. Procultura. Bogotá. 1986.
7 Tierras de nadie, en Aurelio Arturo: Morada al sur y otros poemas. Op.cit.
8 Morada al sur, en Aurelio Arturo: Morada al sur y otros poemas. Op.Cit.
9 Rapsodia de Saulo. En Aurelio Arturo: Morada al sur y otros poemas. Op. Cit.
10 Sol. En Aurelio Arturo: Morada al sur y otros poemas. Op. Cit.
11 Yerba. En Aurelio Arturo: Morada al sur. Op. Cit.
12 Palabra. En Aurelio Arturo: Morada al sur. Op. Cit.
13 En Libro del encantado. Antología. Fondo de Cultura Económica. México. 2000
14 En Libro del encantado. Op. Cit. Ver también Imaginación y oficio. Conversaciones con seis poetas colombianos. Bonnett, Piedad. Universidad de Antioquia. Medellín. 2003.
15 En Libro del encantado. Antología. Fondo de Cultura Económica. México. 2000.
16 En Libro del encantado. Op. Cit.
17 Héctor Rojas Herazo. Jaramillo Agudelo, Darío. En García Usta, J. Visitas al patio de Celia. Medellín: Lealón. 1994.
18 Los salmos de Satanás. En Las esquinas del viento. Antología. Medellín. 2001.
19 En Las esquinas del viento. Héctor Rojas Herazo. Medellín. Fondo Editorial Eafit. 2001.
20 En Las úlceras de Adán. Héctor Rojas Herazo. Editorial Norma, Colección Poesía, Santafé de Bogotá. 1995.

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