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La amante añorada
Dos hombres están sentados ante una mesa de estudio. Uno de ellos es joven, tendrá unos veinte años. Es alto y delgado. Resultan atractivos sus hombros redondeados y sus largas piernas. El otro es un anciano, parece tener más de setenta años. Está calvo y tiene un cuidado bigote —nada escaso— ya blanco, al igual que el poco cabello que conserva. El anciano habla con el joven con voz apacible, podría decirse que le habla al infinito.
—¿Recuerdas a aquella mujer?
—¿Qué mujer, abuelo? Tú siempre estás hablando de alguna mujer...
—No, no era cualquier mujer, era la mujer, la que estaba orgullosa de serlo.
—No, abuelo, no recuerdo a ninguna mujer.
El joven sale del cuarto. El abuelo se acaricia el bigote blanco y después el labio inferior con los dedos índice y pulgar. Claro. Su nieto no puede recordar a ninguna mujer. Ni siquiera a su abuela. Pero él sí recuerda a la mujer. Se llamaba Eva y, realmente, para él había sido la primera. No la primera de sus novias o amantes, no, había sido la que le había descubierto todo un mundo oculto, una forma de vivir que mezclaba el amor, la ternura, el placer, el cariño, el sexo, la amistad, la comprensión. Sí, sin duda había sido el diablo con curvas de mujer, porque no podía explicarse de otra manera. Lo había hechizado de tal modo que había querido romper con su forma de vida anterior, tan monótona. Con aquel diablillo lujurioso y tierno, que lo miraba con ojos llenos de amor, jamás se habría aburrido. La vida habría pasado como un soplo, pero la habría aprovechado hasta el último momento.
Sin embargo, no había podido romper con nada, ni con sus hijos ni con su esposa. La familia, la sociedad habían podido con todas sus ansias de ser libre y de estar vivo, y habían alejado sus deseos de terminar con su modo de vida anterior. Ella le llamó cobarde, pero permaneció con él. No obstante, pasado un tiempo, se cansó de la situación y un amanecer anaranjado, después de una larga noche de amor, ella le dijo que se iba.
En el cuarto contiguo oye la voz de su nieto que habla con su padre. Hace un esfuerzo por escuchar, pero no capta toda la conversación; están hablando en un tono bastante bajo; a pesar de eso, agudizando el oído, logra entender unas cuantas frases.
—Ahora estaba preguntándome por no sé qué mujer... ¿Quién era? —quiere saber su nieto.
—No lo sé —dice su hijo—. Yo nunca supe que mi padre estuviese con otra mujer que no fuese mi madre. Serán cosas de viejos.
—Pues cada vez está más pesado con esa mujer dichosa, con "la mujer", como dice él. Ahora no habla de nada más, y él siempre estaba hablando de muchas cosas y contando muchas historias. No sé...
—No te preocupes, déjalo —le aconseja su padre—. Si sigue insistiendo, un día de estos lo llevaremos a un psiquiatra o a un psicólogo, para que hable con él y vea si hay que tratarlo. ¿De acuerdo, hijo?
¡Al psiquiatra! No necesita ningún psiquiatra ni psicólogo. Si pudiese volver a verla... Pero no sabe nada de ella desde hace muchos años. Quizá haya muerto, aunque no es muy probable, ella era más joven que él y muy resistente, muy dinámica, y amaba la vida sobre todo lo demás. Eso también lo había seducido. Ella vivía cada minuto como si fuese el último. Él aprendió esto de ella y vivió cada momento de su amor como si no fueran a verse más, porque suponía que iba a perderla. Y cuando ella se fue, de repente él se dio cuenta de que había perdido su vida, y a partir de ese instante, se dedicó a vivir para los demás, cuidó y educó a sus hijos, y siguió cuidadosamente la marcha de sus estudios universitarios, y luego hizo lo mismo con sus nietos, a los que su esposa casi no conoció. Había tenido la delicadeza de morirse, hacía bastantes años, de un infarto de miocardio. Era tendente a la obesidad y no cuidaba su alimentación. Además, había ido convirtiéndose progresivamente en una histérica que le chillaba, lo maltrataba y, de vez en cuando, recordando la relación amorosa de él con Eva, le obsequiaba con un ataque de celos. Después de aquello había estado siempre solo. Si ahora pudiese verla de nuevo...
Pero ella habría continuado su vida.
—Nunca encontraré a otro hombre como tú —le había dicho al despedirse y él la había creído. Pero, sin duda, encontraría a otros hombres, aunque no fuesen como él, y habría tenido otras historias de amor. No le dolía esto, a él no le habría importado compartirla con otro, con tal de no perderla. Recordaba que algo así lo había oído él en una canción escuchada junto a ella. Eva había sido un sueño del que había despertado bruscamente para entrar en una pesadilla. ¿Y ella? ¿Habría podido ser feliz?
—Soy feliz porque eres mío —le había dicho. Pero cuando todo terminó, ya no lo tenía a él, sino sólo a sí misma, y él no podía imaginarla sin él. Él sabía que, cuando decidió marcharse, Eva lo amaba todavía. También sabía que no se había ido por deseos de libertad; no, desde luego, su abandono se había debido a su orgullo, al orgullo herido, ni más ni menos. De no haber sido por esto, quizá aún estarían juntos, y felices con su amor compartido, con los recuerdos de un cariño de tantos años. No obstante, la entendía, ella sentía cómo se escapaba su vida mientras lo esperaba, y decidió romper con todo y liberarse de aquella espera cuyo final no se veía llegar.
Ahora ya es viejo, no sabe cuánto puede faltarle para la muerte, pero no la teme, no le importa verla venir a llevárselo. Ojalá la muerte tenga el rostro de Eva. Ahora sí está disparatando. ¡Si van a tener razón con lo del psiquiatra! Pero no, la muerte no se deja ver, ni tiene rostro y si lo tuviese, sería descarnado y amarillo como una calavera. El abuelo observa sus manos largas y delgadas, morenas. Piensa que no podrá despedirse de ella ni abrazarla en el último instante.
El pobre viejo llora silenciosamente. Unas lágrimas se deslizan por sus mejillas y se adentran en su bigote canoso. |