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LA MADRE DEL MONO
Es de talla grande, velluda, voluminosa, de andares torpes, camina propulsada por impulsos espasmódicos que no controla. Cada día al amanecer sale a cazar, guiada por los primeros rayos de sol que dibujan la silueta de los edificios que concentra Monópolis, la ciudad en la que habita y, en los colmados de la zona arrasa sin prejuicios las estanterías que exhiben los alimentos debidamente embalados.
Con ayuda de la rutina diaria cubre el vacío dejado por la ausencia del patriarca simio y, acude puntual a la cita que dicta la televisión, en un ritual que nada envidia al que practican los devotos de religiones variopintas. Es crítica con los demás, se considera buena, a su manera se muestra desprendida y se aferra en la vejez a los pocos pelos que coronan la cabeza de su primogénito, el monosabio, al que, a pesar de la edad sigue considerándolo un infante. Se muerde internamente el labio inferior ante lo que para ella es un problema. Desespera ante lo inabarcable y, busca el remedio a través de terceros. Se extasía en las enseñanzas del plasma y, durante el almuerzo repite como el eco y hasta la saciedad la noticia manida. Amplifica la tragedia hasta poblaciones remotas donde los rayos catódicos son una simple ilusión: la casa de su hermana Antonia que vive más allá de las montañas. En la cocina de su hogar, tras la puerta que da acceso a ese espacio se encuentra la despensa, un pequeño mueble ataviado con melanina que atesora los productos de sus frecuentes cacerías: el cartón de leche parece el objeto predominante sobre los de vino y los envases de plástico que envuelven refrescos de cola. Abundan también los dientes de ajo y las cebollas. Las latas de tomate triturado, frito, y entero se encuentran diseminadas por los otros muebles, acompañadas en la incertidumbre por las de alcachofas, champiñón y espárragos.
Al mediodía, tras el almuerzo, cabecea frente al televisor y, bajo la atenta mirada de la nuera lucha de manera insana por mantener el tipo frente a la transmisión de banales noticias. Al anochecer, se aplica con el perol y da comienzo su particular desespero hasta la llegada del primogénito. En su corto entender encuentra en la noticia reciente de la fractura de cadera de otra la solución al problema de soledad que la embarga. Sin premeditación, pero con acusado anhelo de victima frecuenta las aceras buscando la solidaridad del socavón que la colme aunque la estropee. Cuando sucede lo previsible, el hecho transciende, se vuelve noticia, se vuelve tragedia y, para el monito queda la maldición. Desesperado e impotente ante el espectáculo que ofrece a diario la mona convaleciente, tendida e inmóvil en el salón de la vivienda, aúlla frente al vacío del muro blanco de su habitación y, encuentra consuelo en el silencio que lo transporta al mundo paralelo donde se desplaza a la velocidad de la luz, libre, sin ataduras. |