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EL PASEANTE
Hay un hombre que camina, que va por la calle andando hacia su lugar de trabajo. Se detiene, se para y mira hacia arriba porque alguien, en alguna ventana, en algún piso superior de ese edificio, alguien le está diciendo algo. Entonces el dirige su vista hacia arriba, hacia lo alto y solo logra ver como alguien, posiblemente una mujer con el cabello negro, no sabe si es joven o vieja, se mete para adentro en su ventana. Pero él juraría que era a él a quien gritaba esa mujer, como si quisiera decirle algo. Pero ante esta situación, él continúa su caminar, avanzando por aquella calle en dirección a su trabajo.
Este hombre se llama Paúl J. Murray, y es el propietario de una librería que se encuentra en la calle cuarenta y dos esquina con la ciento décima, y se trata de un local situado en el número ciento cinco, en Lexington aven., en el distrito de Manhattan, en Nueva York. Cada día, Paúl camina desde su domicilio, solo separado un par de manzanas hacia su librería, pero nunca le había sucedido nada extraño, hasta el día de hoy.
Pero al siguiente día y a la misma hora que el anterior, Paúl vuelve a ir caminando por la acera y vuelve a sentir, a escuchar más bien como alguien que está asomado en una ventana del edificio que se encuentra más adelante está intentando llamar su atención para decirle algo. Pero cuando él llega a su altura, ya nadie permanece asomado en ninguna ventana del edificio. Tan solo se ven ventanas y más ventanas. Y todos los pisos parecen igual, formados por un solo balcón y un par de ventanas a cada lado. Pero Paúl cree recordar que es en el quinto piso donde se encontraba aquella persona. Pero como el día anterior, él que es un hombre muy tranquilo, y al que pocas cosas parecen llamarle la atención, continúa su caminar hasta su lugar de trabajo como si nada.
Pero al tercer día, Paúl sin saber como ni porqué, adelanta la salida de su domicilio en diez minutos y cuando se disponía a pasar por debajo de aquél edificio, observa como en una ventana del quinto piso aparece asomada una joven mujer, una chica de cabello oscuro, morena; y que al mirar hacia abajo y ver a Paúl parece querer decirle algo. Pero hasta él solo llegan unos leves sonidos guturales, como si alguien tosiera. Pero entonces Paúl, ese día, se detiene y comienza a mirar en el portero electrónico del inmueble, sobre los inquilinos que habitan el quinto piso para ver si encuentra donde vive la persona que se asoma; para saber que quiere y si le ocurre alguna cosa. Entonces decide llamar, pulsar los cuatro botones que existen en el quinto piso. Llama de dos en dos, y luego pulsa los cuatro juntos repetidas veces, pero nada sucede. Nadie responde. Al cabo de un par de minutos de paciente espera y ante la negativa de esa persona por contestar, Paúl decide olvidarlo todo y continuar hacia su trabajo.
Hoy es el cuarto día. Paúl ha salido de casa a la hora de todos los días. Y espera que hoy nada le suceda de interés. Pero no sabe lo equivocado que está. Al pasar de nuevo bajo el edificio, la chica morena del quinto D comienza a decirle, a gritarle algo, algunas palabras. Hoy Paúl ha girado su cabeza y la ha visto. La ha mirado. Es una chica joven y morena. Parece decir algo, como si gritara, pero el no puede escucharle. El ruido de coches y la música que sale de un establecimiento de bebidas en la acera de enfrente le impiden escuchar con claridad. Por fin Paúl se decide y pulsa el botón del portero correspondiente al quinto D. no sabe porqué ha pulsado el de ese piso pero algo le dice que allí…
Enseguida escucha una voz que sale por el altavoz, una voz joven. Paúl intuye que es la voz de la chica morena de arriba y ésta le habla así:
—“Perdone. ¿Es usted quizás el dueño de la librería que hay al final de esta calle?”
—“Sí, yo soy. ¿Por qué lo pregunta usted, señorita?”
—“Pues verá usted, quería saber si tiene usted un libro que se titula: “Nacida para amar”.
HACE YA MUCHOS AÑOS DE AQUELLO…
Hace ya muchos años de aquello… Han pasado ya varios años desde aquél día en que te conocí. Y después de tantos años como han pasado, aún te sigo queriendo.
Aquél día, tu caminabas a la izquierda por el paseo que antes conocíamos como “el boulevard”. Yo desconocía totalmente hacia donde ibas, pero lo hacías con el semblante muy serio y la mirada muy alta, hacia arriba. Mantenías tu boca cerrada, pero tus labios permanecían semiabiertos, parecía como si fueras diciendo algo; quizás acompañando a alguno de tus pensamientos. Tu caminar era lento, quizás te dirigías a alguna cita, e ibas pensando en ella.
Yo caminaba por la acera de enfrente a la tuya, despacio, ensimismado, entretenido con mis cosas y mis pensamientos. Pero cuando te ví, todo se detuvo. El mundo entero cesó de girar en su eje: tú apareciste.
Durante unos instantes, unos segundos tan solo, pude contemplar como tú venías, como andabas con tu paso ligero, con ese movimiento de caderas, involuntario, característico en una mujer bien formada. Tú no te habías fijado en mí, ni siquiera te habías percatado de ello. Pero cuando nuestros cuerpos llegaron a la misma altura en la cual nos encontramos uno enfrente del otro, entonces algo ocurrió. Algo mágico hizo que nos miráramos durante, dos, tres segundos y sonrieras, me sonrieras.
Yo seguí con la mirada tu avance por la calle, hacia abajo, en la otra dirección. Entonces yo me detuve y vi como caminabas, miré tu espalda y tus piernas, todo tu cuerpo en suma. Y era el de una mujer, el de una mujer distinguida, de clase…maravillosa. Tu pelo, tu cabello rubio y rizado era como una cascada de rayos del sol, algo sublime. Tus pequeños pies se movían con agilidad, con rapidez, como si fueran las ruedas de un ferrocarril. Y de repente, casi te detuviste en tu andar y giraste el cuello, la cabeza. Supongo que para mirar si yo te seguía observando. Y bajando los párpados como en un guiño, volviste a mirar hacia delante.
Y yo, detenido en mi sitio, vi como te alejabas, hasta que perdí tu rastro en la distancia.
Desde aquél día, desde aquél exacto instante, mi corazón sufrió algo repentino, descubrí una nueva sensación hasta entonces desconocida para mi. Algo que algunos decían era el amor, la llamada del amor. Pero yo no sabía. Debía ser aquello. El amor. Algo inmenso y maravilloso a la vez. Una sensación de alivio, de alegría y tristeza a la vez. Algo como un deseo de averiguar lo desconocido, lo impensable, lo insondable. Hasta aquél día yo no había conocido lo que era el amor, el único, el verdadero.
Mis piernas se habían quedado como pegadas al cemento de la calle, pero era mi corazón junto con mis ojos los que te seguían, los que iban contigo y te seguían en tu caminar hacia tu destino.
Yo sentía. Te notaba, te olía. Aspiraba tu fragancia y el aroma de tu cuerpo tan delicioso.
Tu no sabías nada, tu no notabas nada, pero yo estaba allí, a tu lado. Contigo. Desde aquél día, hace ya algunos años soy feliz, por tenerte. Y cada mañana, cuando amanezco mi anhelo no es otro que abrir los ojos y buscarte en la inmensidad del lecho. Y cuando por fin te hallo, la calma y la tranquilidad regresan a mi ser. Entonces sonrío y satisfactoriamente vuelvo al descanso; pero ya inquieto, esperando el instante en que despiertes de tu sueño, tan profundo, y abras los ojos y nuestras miradas sean una sola, y nuestras almas y corazones se fundan en un único y caluroso abrazo de buenos días.
Desde aquél día, desde entonces estamos juntos, somos uno, desde aquél día somos novios… |