José Quincoces — José Francisco Pérez Cruz nació en Madrid en 1955. Es consultor de sistemas informáticos de profesión, pero siempre tuvo inquietudes por contar historias y, aunque se considera "un mero aficionado en el bello arte de la escritura", dos de sus relatos en prosa han sido transmitidos por una cadena de radio madrileña y quedó finalista en el certamen Cuentos y Testimonios del Mundo "Nosotros los inmigrantes, nosotros los emigrados", organizado por Terra Austral Editores. Recientemente fue galardonado con el primer premio en el certamen de relatos organizado por el portal de Internet YoEscribo.com por su trabajo “El profesor incrédulo”.

 

Paisaje de Granada 

         La noche era demasiado hermosa como para irse a la cama y, por ello, me fui a saborear la visión nocturna del “castillo rojo” desde el mirador de San Nicolás. Es allí, en esa pequeña plaza cuadrada, donde la Alhambra se enseñorea y ofrece al visitante todo su esplendor, pero aquella noche no era una noche cualquiera.

         La luna arrojaba su plateada luz sobre las Torres de la Vela y Comares y hacía un contraste especial con la iluminación habitual del monumento. Todo ello me produjo una sensación extraña, especial, de la que no era consciente entonces: la luna, la Alhambra, las leyendas de los gitanos y el rasguear de una guitarra que iniciaba los acordes de una soleá.

         Pensé en los artesanos que levantaron esos torreones y en un su maestría para construir tal belleza con materiales tan pobres como el yeso y el ladrillo; la misma maestría que tenía ese gitano para expresar sus sentimientos con las cuerdas de su guitarra y de la garganta sin tener estudios musicales. Esa era la grandeza del paisanaje andaluz que, con la pobreza de sus recursos, sabe levantarse y elaborar maravillas.

         Sólo fue un instante, pero suficiente para entender a los poetas andaluces con sus recuerdos de un patio de Sevilla y sus sentimientos, que cuando sienten parecen estar solos. Y también la tierra seca de noches inmensas, con viento en el olivar y viento en la sierra. La tierra vieja de candil, que cantara Lorca, con los vientos por lo caminos y las brisas en las alamedas.

         Aquella noche, en la placeta de San Nicolás, todo era un fluir de pequeñas y placenteras sensaciones. Y es que Granada ama lo diminuto. Y en general toda Andalucía. El lenguaje del pueblo pone los verbos en diminutivo. Nada tan incitante para la confidencia y el amor. Granada, quieta y fina, está ceñida por sus sierras y definitivamente anclada con una pequeña ventana al mar. Granada es de tierra adentro, unas veces verde y otras seca; verde de la montaña y la vega, y seca entre los olivos y los pueblos de veletas girando.

         Pero todo en pequeño, en diminutivo, como el hablar; porque la mayor de las bellezas puede estar escondida en un patio de Sevilla o Córdoba o en un zaguán de Granada; en una carretera perdida de Jaén o en un pedregal de Málaga; en un alcornocal de Huelva, en un desierto de Almería o en una solitaria playa de Cádiz azotada por el viento.

         Y nadie lo sabe; pocos lo ven. Porque así es el pueblo andaluz; gente sencilla y afable pero celosa de su intimidad; como si quisieran que nadie se entere que con la pobre tierra seca y los más escasos medios, con sus solas manos, fueron capaces de levantar la maravilla que tenía ante mis ojos aquella noche.

         La luna, la Alhambra; el embrujo de la noche y el encanto de una guitarra. Un bello paisaje a los pies de la enamorada: Granada.

         El gitano entonaba su cante; canto de amor y esperanza que arrojaba al aire como si fuera el suspiro del enamorado; como sólo los enamorados saben escribir mejor que nadie el nombre de su amor en el viento.

         La noche y el cante me fueron transformando, las paredes de las casas de Granada me transmitían sus sensaciones y los muros de La Alhambra me hablaban de amores y traiciones, de alegrías y pesares, de las humillaciones padecidas por gentes laboriosas a manos de arrogantes guerreros y fanáticos frailes, a veces incultos. Me hablaban de lo que antaño fue lo más próximo a un paraíso y que se perdió entre las manos de la intolerancia y la opresión.

         Pero, ¿se perdió? Me preguntaba. No. No se perdió porque yo estaba allí y lo disfrutaba. Todo ese panorama se desplegaba ante mis ojos para el disfrute de quien fuera capaz de ver y de entender lo que las piedras me contaban. No, la labor de aquellas gentes no fue baldía y aquella noche de magia todo era un placer para los sentidos: la inigualable vista desplegada ante mis ojos, el penetrante olor de los jazmines, la áspera corteza de cipreses centenarios pegados a las tapias de un carmen, el aromático paladar de una manzanilla fresca, el tañido de la guitarra acompasado con el murmullo de las aves, … Y las sensaciones; las sensaciones que me transmitían todo ese conjunto excepcional al tiempo que mes extasiaba con la contemplación aquél paisaje de La Alhambra.

         No sé cuánto tiempo estuve allí porque el tiempo, mi tiempo, se detuvo en aquella plaza de Granada llena de gente en silencio, como queriendo ser respetuosos con la magia del momento y del lugar.

         Noté entonces que alguien me tocaba el hombro y al volverme vi con sorpresa que no quedaba nadie en la plazuela; sólo el cantaor gitano con su guitarra en la mano.

         —Compare —me dijo— Está usté llorando ¿le pasa argo?

         —Lloro —respondí— porque estoy en Granada y me voy mañana.

         Un escueto “¡vaya!” fue su respuesta. Nada dijo porque todo lo comprendió sin necesidad de palabras. Entonces emprendí el camino de regreso; bajé las callejuelas del Albaicín algo aturdido, casi sin sentir que bajaba y luego, frente a la Puerta de Elvira, alcé una copa de manzanilla hacia la luna para ofrecerle mi brindis a esa dama misteriosa: “Va por ti mi bella enamorada; va por ti Granada”.

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