JAMES MATTHEW BARRIE,
Peter Pan, or The boy who wouldn't grow up
En el centro de la pista del Circo Giallopoulides, alguien se ha descuidado un pequeño payaso ciego.
NICOLÁS. Hola. Me llamo Nico. Nicolás. Me llamo Nicolás porque Theodoros me dio el nombre de Nicolás. A mis hermanos les dio nombres distintos, ningún otro se llama como yo. Nicolás fue el último nombre que dio y fue para mí, Nicolás. Tengo seis hermanos y yo soy el séptimo, el más pequeño.
Theodoros también le dio un nombre a papá pero de su nombre no me acuerdo, yo siempre le llamo papá. ¡De los nombres de mis tíos sí me acuerdo! Son cuatro y el nombre sirve para diferenciarlos entre sí, aunque en el fondo sean los cuatro iguales. Se llaman Albur, Sonio, Trufo y Satir. Papá es el más pequeño de los cinco hermanos.
Sé que tengo tres abuelos, pero no los conozco, nunca los he visto. No salen de su carromato. Theodoros no les quiso dar ningún nombre, dijo que mis abuelos eran innombrables.
Somos la familia Gante.
Theodoros, además del nombre, nos dio ropa. La gorguera gigante es idea suya, ¿os gusta?, es tan grande para ocultar las arrugas que se nos forman en el cuello de tanto tensar la sonrisa antes de salir a la pista. Y el mono también es bonito, ¿verdad?, ¿os gusta? A mí me gusta, es mi color favorito, y me divierte mucho jugar con los tirantes, son muy elásticos. Casi tanto como la sonrisa.
Estoy contento… ¡Ayer cenamos tan bien! El número de anoche acabó de la mejor manera. ¿Puedo… puedo contaros un secreto? En el gag del voluntario conseguimos un niño. Por eso estoy tan contento. Y parlanchín. La carne nos desata la lengua.
El gag del voluntario es el mejor, por eso lo dejamos para el final, es nuestro preferido, aunque el público, cuando se ríe de verdad, es en el de los huevos y no entiendo la razón. A Commedio tampoco le gusta mucho el gag de los huevos, más bien nada: los huevos son suyos y los necesita para su número de acrobacia aérea, ¿lo habéis visto ya?, los deja caer mientras cuenta «Uno, dos, tres…». De repente, se detiene antes de contar cuatro. No le quedan más huevos en la cesta. Se los hemos birlado. ¡Se enfada tanto! Alguna vez nos ha sorprendido con las manos en la masa y se desata a gritar como una mujer, «¡Mis palabras, mis palabras, mis palabras!», está loco, ¡no son palabras, son huevos!, pero para Commedio todo son palabras que pueden romperse. Un día de estos le enseñaremos que su nombre también es una palabra. Le serraremos los arreos y su caída final será real.
En el gag de los huevos rompemos todos los huevos de Commedio y siempre en número par. A los papás y a las mamás del público les encanta. Nos repartimos entre toda la familia los huevos que entra tío Trufo en una cesta, dos para cada uno, y los cascamos, separamos la clara de la yema, levantamos la cabeza y vaciamos las yemas en las cuencas de los ojos. Miramos a los papás y a las mamás y les sacamos la lengua. Ríen sin parar, no pueden contenerse. A la señal de papá, nos tapamos la nariz y la sonrisa y soplamos con fuerza. Las yemas burbujean en los ojos. ¡Qué carcajadas! Les hacemos reír sin parar y sus vidas se acortan. Les acercamos a la muerte sin que se enteren, ríen y ríen y ríen y les contemplamos con las yemas que se abren y se derraman por las cuencas. A la gente le gusta tanto el gag de los huevos que incluso han arrojado dinero a la pista. Papá se adelanta husmeando, recoge el dinero y agradece el gesto con una enorme reverencia que hace que las yemas caigan en seco sobre la arena. ¡Más carcajadas, más dinero…! Qué lástima… Nunca niños. Ni un pedacito que les sobre, no sé, un bracito, una manita… No somos carroñeros pero a buen hambre no hay pan duro.
Lo confieso, a menudo me entran ganas de comerme a mis hermanos pero me aguanto. A ellos les sucede lo mismo. En ocasiones nos descubrimos parados unos enfrente de otros, muy quietos, entre los cortinajes de la carpa, con los labios caídos por el peso de la saliva, muy quietos y muy alejados, ausentes en el interior de un deseo.
Hemos de ir con cuidado, si papá o los tíos nos sorprendieran, nos atizarían una colleja y nos regañarían, «¡No sois unos payasos cualesquiera, pertenecéis a la dinastía más importante de payasos y debéis honrar vuestro linaje!», pero a veces el hambre es tanta… El peor de ellos es tío Satir. Por lo que te hace después de la tunda, cuando te ha tumbado en el suelo, sonrisa abajo.
En la familia Gante, nos queman el pelo de pequeños y nos cortan las nalgas para que las caídas hagan más daño y resulten más divertidas. Y nos sacan los ojos con el doblefórceps de tío Albur. La última vez que me lo dejó para jugar fue hace unos años, acampados en un oasis de la ruta entre Ghardaïa y Golea, y se me pasó algo por la cabeza… Le pregunté a tío Albur si al nacer, con los ojos que teníamos, podíamos ver. Tío Albur me giró la cara de un tortazo y toda la familia se partió de la risa. Tío Albur nunca me respondió, es más, nunca más ha vuelto a dirigirme la palabra, y yo tampoco insistí más, pero creo que antes, no sé hace cuánto pero antes, podía ver con los ojos que tenía, quizás lo haya soñado: un hipopótamo… un hipopótamo que me daba besos y las cosquillas con sus bigotes y una risa, la mía, tan distinta, y también un olor como a esperanza.
Papá nunca se cansa de repetir que la familia Gante es un ejemplo a seguir para cualquier payaso que se precie y que, «a pesar de las adversidades que nos han arrojado a la miserable pista de este circo contrahecho, pronto ocuparemos el lugar que nos corresponde» y sé que papá está pensando en la cabeza del maestro de ceremonias y la tarima que ocupa junto con la banda del circo, bajo el baldaquín.
Theodoros, el maestro de ceremonias, nos recogió de las casas abandonadas. Nos encontró bajo las camas, tras las cortinas, en los esquinas de los muebles. Nos dijo que prefería exhibirnos en su circo antes que borrarnos de la faz de la Tierra, para quienquiera comprender, nos dijo. Nos acogió en su circo y nos dio nombre, ropa y dos carromatos en los que vivir. A mí me cae bien. Eso sí, tardamos en acostumbrarnos a las potentes luces de la pista, nos quemaban la piel, comenzamos actuando en penumbra, hasta que nos acostumbramos, fue sólo cuestión de tiempo. De todo esto no le comentéis nada a papá, no quiero que toda la familia vuelva a reírse de mí.
Papá se burla de Theodoros. «¡Nadie quiere comprender ni puede!», se ríe, «¡duran demasiado poco y nosotros les hacemos durar menos, la risa les acerca a su fin y abre como una carcajada las batientes de la puerta del olvido: la humanidad las atraviesa en masa, batientes que nunca se cierran, no para de salir gente, o de llegar: el olvido no tiene dirección ni sentido y sólo deja de observar si pestañea –las batientes se rozan siquiera un instante– y en un pestañeo apenas da tiempo de gritar!». La lengua de papá se desenrolla sola mientras habla, como al final del número. Sacamos la lengua al público, pero no como en el gag de los huevos, no, la sacamos de verdad, la desenrollamos. ¡Así! A mí me gusta sacar la lengua en cualquier momento. Como ahora. ¡Que no me vea papá!, no le digáis que he vuelto a sacar la lengua, lo que me hará no os lo podéis ni imaginar, me encierra en el horno de la cocina y desde fuera me grita «¡La lengua sólo al final, sólo al final, sólo al final!» sin parar de reír, pero… ¡y las caras que ponéis, no tienen precio! Las lenguas os dejan fríos. Ya habéis visto la mía. Chamuscada. De tanta risa falsa.
Decidle lo que queráis: en el fondo, si me castiga me da igual. Peor sería si me castigara tío Satir. En el interior del horno me entretengo.
Me clavo agujas en los dedos o ideo gags nuevos. Me abro la sonrisa hasta la comisura de los ojos y la gente ríe tanto que consigo que arrojen sus hijos a la pista. Nunca se ha visto una sonrisa más amplia que la mía. Tan amplia como el mundo. Algún día… Me estiro en el horno y sueño, con los dedos como acericos, en mejorar el mejor gag de la familia Gante, el gag final. El gag del voluntario.
El mejor de la familia Gante. El gag final. Nos colocamos en hilera y pedimos que salga un voluntario. Un voluntario. Del público. A la pista. Un voluntario… Nadie sale. Un voluntario. Esperamos. Un voluntario. Nadie. Esperamos con la mejor de nuestras sonrisas. Las yemas amarillas rezuman por los ojos. La tenaza gigante de tío Sonio asoma por el bolsillo gigante de su mono, las uñas de mi hermano Sandrín sangran sobre la tierra pisada. Un voluntario. Ni los globos que flotan en la cúpula de la carpa se mueven un ápice. Esperamos. Papá nos pide que intentemos no babear, no podemos evitarlo, tan excitados. Un niño llora en las gradas. Babeamos más. Papá da la señal y nos arrojamos sobre el público. Huyen en desbandada, gradas arriba. Husmeamos los asientos huecos, buscamos los niños, el miedo, qué olor tan intenso. El gong resuena en la carpa. El maestro de ceremonias bajo el baldaquín, el mazo en alto, el sudor de su axila, y la familia Gante regresa a regañadientes a la pista. Nos husmeamos discretamente entre nosotros, a ver si alguno ha conseguido coger algún niño a hurtadillas. Pero somos muy lentos y los niños corren mucho… aunque a veces tenemos suerte. Tío Sonio es muy tonto y una vez arrastró a una mamá al centro de la pista. Qué tonto. Le había dado demasiado fuerte con la tenaza y la mamá estaba muerta. Algo se agita bajo el mono de tío Satir. Le cubrimos entre todos, que Theodoros no lo vea, y con el aplauso del público salimos precipitadamente de la pista.
Un niño sin piernas. Tocó poco por cabeza pero cenamos muy bien. Las vísceras, como siempre, papá se las llevó crudas al carromato de los abuelos. Lo raro es que ningún papá ninguna mamá reclamase el niño sin piernas, Theodoros nos hubiera dejado sin cena. En fin, papá siempre dice que andemos con cuidado por ahí fuera.
La silla de ruedas quedó abandonada entre las gradas. Se la sortearon entre Blesk Kulový y el Hombre Pneumático, y se la llevó el Mago Masto, que no participó en la rifa pero siempre hace trampas.
Sin previo aviso, Theodoros Giallopoulides anuncia desde la tarima:
THEODOROS GIALLOPOULIDES. ¡La familia Gante!
NICOLÁS. ¡Ya vienen!
La familia Gante al completo irrumpe en estampida en la pista.