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MIENTRAS VIVA EN ESTE MUNDO
Estas líneas son para mí, escribo por necesidad, es un vicio que me gusta. Ahora tengo deseos de hablar conmigo misma, y no creo que se deba a la urgencia de encontrar un amor por que ya lo tengo, es esa persona que está conmigo siempre, que levanta mi mirada y detiene mis lágrimas que caen como lluvia ante la adversidad, y esa persona eres tú, hombre de 67 años que no despega los labios del cigarrillo que poco a poco le extingue horas a su existir, tú que palpas mi hombro y me haces sentir que todo está bien.
Tengo calor, no quiero acostarme, estos minutos son para estar conmigo. Ahora pueden detenerse los relojes, qué importa lo que pase. Voy por un libro, el primero es doloroso, Sabines agrandaría mi depresión; me decido por Las Muertas de Ibargüengoitia. Alguien golpea las paredes de la casa, casi rompe los cristales de la ventana que me da vista a la calle por la cual transita aquella viejecita tomada de la mano de su nieta de apenas cinco años, ¡está bien, caramba! quiero acabar con tanto silencio, pero no de este modo.
El ratón hace ruido en la cocina, ya tiró las semillas de fríjol que deposite en aquella bolsa transparente. No me exalto, voy a dejarlo que se porte mal, tal vez él también se sienta incomprendido; ahora caen las semillas de arroz, “mira que animal tan desconsiderado”, grito. Sin pensarlo me indigno, voy por la escoba y trato de espantarlo, y recuerdo mis clases universitarias donde cierta teoría dice que en la educación es importante cierta violencia, la cual da las bases para el respeto, de lo contrario nadie nos toma en cuenta; aquella idea que había considerado absurda y que había sido materia de debate entre mi profesor y yo, ahora estaba siendo parte de mi vida, de mi realidad y eso provocaba cierta nausea, y ahora sólo digo: ¡ya aprenderá las reglas ese ratón!
Dije que quiero escribir para mí, pero no me dejan; un perro ladra como si supiera que va a morir esta misma noche; no le pegaré, el tiene derecho a portarse mal. Ya se cansara, mientras yo me friego.
Se acaba de estacionar una camioneta en la acera de enfrente, la música que tocan hace que me duelan los oídos. Los tigres del norte son odiosos. Creo que no podré hablar con esa parte que me exige atenciones. Hoy quería unas líneas; me vuelvo loca de tantas cosas que no he buscado y que el destino me va dejando.
Cuando estoy en casa uso faldas cortas, luego viene la manía de caminar de puntas y mover la cintura a cada paso, es una curiosidad tan necia que no puedo evitar, y no es que viva obsesionada con el vaivén de caderas, la costumbre me lleva a tales extremos.
El basurero no ha pasado, casi todas las noches oigo su llegada, siempre he tenido ganas de salir a esas horas de la madrugada y agradecerles por su servicio.
Se acaba de ir la luz justo cuando terminaba de leer algunos poemas de Neruda, salgo a la calle; a lo lejos se pierde el camión que corto el cable de la luz; las vecinas le gritan algunas palabras que aquí sobran; toda la colonia quedo en tinieblas.
Yo que estaba en mi habitación sentada frente aquel monitor que me proveía el texto que palpaba con la mirada, de pronto sentí la sombra y la oscuridad en la nada, aquel confort de esas cuatro paredes, ahora me hacia sentir inerte bajo pesadas redes; parecía que la misma respiración asfixiaba mi humor, no sentía en aquel instante nada emocionante.
Volvió la luz y me emocione como cuando veo llegar a mi puerta ha aquel hombre que acompaña algunas de mis noches y que tanto quiero, ahora cojo el periódico, pongo mi mirada en un manojo de hojas sin color para intentar alejar de mi el dolor, es domingo, busco la sección que tanto me gusta por su contenido literario y el manejo de la lengua, acierto y selecciono la columna, me garantizo así minutos de placer al descifrar cada palabra ahí escrita.
Al terminar la lectura ya nada queda, vuelve el matiz gris a mis horas, han trascurrido los minutos y ya se filtran los rayos de sol por los arbustos de los vecinos, no hay líneas para mí, me cobijo bajo la terraza desde la cual observo a esa mujer anciana tomando la mano de una niña pequeña, esa imagen evoca recuerdos del pasado, mi abuelita y yo somos ellas, mi mirada se torna gris una vez más.
Le estoy exprimiendo el aire a mis veinte años, y siento como poco a poco me hundo en el suelo que sostiene mi ser, ahora hay ruido, hay luz, hay aire, pero ahora me encuentro sorda, ciega… como muerta, mí mirada perdida siente el frío de la calle, y aquel cigarrillo que sostenía en mis manos mientras leía, lo he cambiado por el lápiz que ahora escribe: “no cabe duda que mientras viva en este mundo no tendré un minuto para mí”. |