Alberto Castellón — Málaga, 1956. Doctor en Matemáticas y Licenciado en Música, Alberto Castellón cultiva la narrativa desde hace unos 10 años. Ha publicado hasta hoy tres novelas, Tarta noruega (Diputación de Córdoba), Victoria y el fumador (Ediciones Irreverentes) y Regina Angelorum (Algaida Editores), así como ha colaborado con relatos en antologías de varios autores. Ha ganado el XXVI Premio "Felipe Trigo" de Novela y el II Premio de Novela Corta "Diputación de Córdoba", quedando finalista en otros muchos certámenes literarios (Premio "Ateneo de Sevilla", Premio "Ciudad de Barbastro", Premio "Ateneo-Ciudad de Valladolid", Premio Internacional de Novela "Emilio Alarcos Llorach", Premio "Vicente Blasco Ibáñez, Premio Ciudad de Badajoz, etcétera...)

 

MI SEGUNDO CUMPLEAÑOS 

         Hace cierto tiempo, la casa de cultura del ayuntamiento de una localidad importante de la costa me invitó a participar en uno de los encuentros con autores que organizan allí. No puedo ser más explícito ni en los lugares ni en las fechas por la razones que pronto se pondrán de manifiesto. La sesión transcurrió como en otras ocasiones. Hablé un poco de mis novelas, más de las circunstancias que concurrieron en torno a su creación que de las tramas en sí, finalizando el acto con un ameno intercambio de opiniones entre los asistentes. Durante la hora y media que duró aquello, me fijé en un hombre espigado y muy bien vestido que se sentaba en la cuarta fila. No apartó de mí su mirada en ningún instante. Empuñando un pequeño paraguas plegable, inútil sin amenaza de lluvia, con él asentía a cada una de mis aseveraciones moviéndolo muy despacito de arriba a abajo, como una baqueta que golpea a cámara lenta el platillo de una batería. Tanto interés prestaba este fulano a mis palabras, que creí que intervendría en el turno del público, cosa que no aconteció.

         Tras firmar algunos ejemplares, los organizadores me llevaron a tapear por los bares del centro. Conforme a mi costumbre, solo bebí cerveza sin alcohol. Una vez que me despedí de ellos y me encaminé hacia mi hotel, al paso por una coctelería del paseo marítimo se me antojó una copa de cava. Los abstemios solemos caer en estas debilidades. Y ahí estaba yo, sentado en la barra, con el Codorníu burbujeando delante de mí, cuando un paragüitas fue depositado en el mostrador, justo a mi derecha. Lo reconocí de inmediato.

         ¿Me permite que lo convide? Por supuesto, usted estuvo en mi charla, ¿verdad? Así es, me gustó mucho, por eso quiero pagarle la consumición, pero, ¿no es mejor que nos tuteemos? Claro, no me importa, ¿y tú no me acompañas? Ahora mismo, camarero, por favor, traiga una botella. ¿Una botella?, por Dios, te la beberás tú, porque yo no seré capaz, acabaría con una trompa... Vamos, Alberto, no te rajes, además, ya es lo bastante tarde como para librarse de las costumbres, ¿qué hora tienes? Las veintitrés cincuenta. ¿Ves, Alberto?, casi media noche: hay que celebrar que se termina el día: y tú tienes doble motivo para la celebración pues acabas de inaugur tu segunda fecha de cumpleaños.

         Entonces ni le pregunté a qué venía aquello del segundo cumpleaños. Solo quería deshacerme de ese compromiso, en aquel momento incómodo, para acostarme en mi habitación ante el televisor. Sin embargo, poco a poco cambié de opinión. Este individuo, del que tampoco me atrevo a desvelar el nombre con que se presentó, a buen seguro falso, resultó mantener una conversación muy atractiva. Sabía de todo, Qué cultura. Igual analizaba las consecuencias del segundo principio de la termodinámica que comentaba la lamentable interpretación de una sinfonía de Anton Bruckner en el pasado festival de Siena. Recitó versos de Pessoa en un excelente portugués. Detalló sin titubeos la receta del steak tártara. Enunció conjeturas sorprendentes sobre teoría de supercuerdas. Me explicó las reglas del baseball, desconocidas para mí. Enumeró de carretilla las proporciones exactas del hombre de Vitrubio y sus relaciones con la obra de Leonardo. Incluso mostraba soltura en los campos del conocimiento a los que me dedico. De hecho, discutimos un buen rato sobre la fiabilidad de las demostraciones matemáticas que recurren a algoritmos solo accesibles a los supercomputadores. Y encima, aderezaba sus frases con todos los registros posibles del humor, desde las sutilezas del británico, hasta el más desternillante sarcasmo irreverente. Reímos a reventar.

         En definitiva, sentí por él una enorme simpatía. Así se comprenderá lo insuficiente de una única botella para velada tan intensa. Recorrimos varias terrazas. Cerramos algún club. Nos refugiamos en ruidosas discotecas. Siempre parloteando. Siempre con cava. Siempre intercalando estruendosas carcajadas. Y ya con las luces del amanecer, andando por la playa rumbo a mi alojamiento, sorteábamos un sector de hamacas cuando pronunció una insólita confidencia.

         En una tumbona como aquella, Alberto, abandoné a mi última víctima.

         A pesar del componente sincero de sus pupilas pensé que se trataba de otra de sus chanzas. Intenté seguirle la corriente.

         Quién era, ja, ja..., ¿una raspa de sardina?, ¿una gaviota? Te equivocas, Alberto, era una anciana, hoy me tocaba cargarme a un varón de mediana edad como tú: en concreto, hoy me tocaba asesinarte a ti: y esa hamaca, como tú muy bien dices, es un lugar tan bueno como cualquier otro para depositar tu cadáver. ¿Como yo bien digo?, ¿cuándo he dicho eso? Pues en tu última novela, Alberto, ¿no te acuerdas?, te lo recuerdo yo: cualquier paisaje es susceptible de convertirse en la escena de un crimen. Ah, sí, eso lo puse en Regina angelorum, pero..., no lo afirmarás en serio, ¿verdad?, aquello solo era literatura...

         La incertidumbre desapareció al desenfundar lo que antes tomé por un inofensivo paraguas plegable. En ese instante vitalicio en que 220 voltios de escalofrío electrizaron mi columna vertebral supe con absoluta certeza que paseaba junto a un ejecutor. Y también lo inútil de salir corriendo. Al parecer, siempre daba una oportunidad a sus presas. Lo consideraba un acto de deportividad. Dejaba que algo sucediese al azar, algo que pudiera realizar o no el aspirante a fiambre, algo determinado por él con anterioridad: bajar de la acera con el pie izquierdo, fumar tabaco negro, sonarse la nariz en un minuto impar... Si ocurría el hecho que había seleccionado, no consumaba entonces la acción. En mi caso, me salvé al pronunciar la hora en un formato inusual: las veintitrés cincuenta. Me aseveró que de haber dicho las doce menos diez, no estaría yo ahora escribiendo este opúsculo. Eso me contó. Y concluyó con que su éxito se basaba en no obedecer a ningún patrón. Se mofaba igual de los investigadores policiales que de los psicópatas. Porque, según él, los primeros esperan patrones de conducta como pistas para dar con el criminal en serie, mientras que los segundos, por el gusto idiota de mostrar su inteligencia, elaboran exóticos patrones a los que ajustarse en sus fechorías. Y él precisamente no se atenía a ningún patrón. Hasta bromeó calificando su modo de operar como un metapatrón, que es la ausencia total de patrones.

         Para cuando llegamos a mi hotel, se me habían pasado la borrachera y las ganas de reír. Temí que se arrepintiera de su amable indulto. No quiso entrar en el hall. Se despidió con un apretón de manos desde el umbral de la puerta giratoria.

         Bueno, Alberto, no perdonaba a nadie desde hace años. Has tenido suerte. Eso sí, sospecharás que no correrás el mismo sino si desvelas mi identidad. No, no te preocupes por eso, mis labios están sellados. Lo sé, pero quiero, tú que eres escritor, que cuentes lo sucedido esta noche y lo publiques en alguna parte, eso sí, omitiendo cualquier detalle que lleve a mi persona. Te lo prometo, así lo haré.

         Queridos lectores de Gotas de tinta, acabo de cumplir mi promesa en una fecha que no tiene nada que ver con la de mi segundo cumpleaños.

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